jueves, 23 de febrero de 2017

Volar

















Siempre supiste que no tengo precio,
que si hablamos de amor, me gusta regalarme
por cuestión de principios.

No quiero ser de nadie que no sea yo misma.

Por eso te rebelas,
sientes que te has perdido por perderme,
porque logré volar sin alas
una noche de lluvia en mis espejos.

Y el eco de tu voz se sostuvo en el aire
para llamarme loca en tu locura,
cuando sola, completamente sola,
deserté de tu ira
y mi fragilidad.




miércoles, 8 de febrero de 2017

Amigos.


Un día alguien me dijo que los amigos como tal, realmente no existían y que el sentido de la palabra amistad era una auténtica farsa a la vez que un mecanismo de supervivencia donde dos personas se utilizaban en beneficio propio.

Nunca compartí esa opinión y la experiencia me ha demostrado que a pesar de equivocarme alguna que otra vez en mis elecciones, fueron muchas más las ocasiones en  que acerté y donde supe ver en “el otro” los gestos necesarios de aquellos a los que hoy considero mis amigos.

Hay algunos que llegan y contra todo pronóstico solo permanecen el tiempo necesario en nuestra vida. Nos acompañan  una parte del camino porque debe de ser así aunque nos cueste aceptarlo y entenderlo.

Están los amigos de la niñez que un día se marcharon de nuestro paisaje pero que volvieron con el pelo blanco y la frente marcada de  arrugas para recuperar lo mejor de aquello que fuimos.

También están los que jamás habríamos vaticinado como posibles, pero que nos siembran de afectos imborrables el alma.

Os confieso que aunque siempre fuisteis imprescindibles, nunca os necesité tanto como ahora y que no hay día que no me sorprenda vuestra cercanía, tanto, que me pregunto si yo me habría comportado de igual forma con vosotros.

Ante esta duda, la   respuesta  llega sola con un cariño unánime y cálido por vuestra parte.

GRACIAS POR EXISTIR AMIGOS.



jueves, 2 de febrero de 2017

La vid en nuestra vida.



Pocas veces me he planteado la relevancia que podría tener en nosotros el lugar donde el destino eligió que viviéramos nuestra infancia o juventud, pero después de la familia, creo que éste es un factor determinante en nuestra personalidad.

No somos solo un mapa genético; el clima, la carencia o abundancia de una determinada materia prima en nuestro entorno y por tanto la cultura que emanará de ese lugar, influirán de manera imperceptible en todos aquellos que vivimos bajo los mismos fenómenos.

Tomelloso, mi pueblo, es un pueblo relativamente joven que comenzó a poblarse en 1530 por vecinos de otras villas cercanas y que tuvo un desarrollo exponencial gracias a la a desastrosa plaga de filoxera que afectó a los viñedos franceses en la segunda mitad del siglo XIX, y que, en cambio, sí fue bien soportada por las vides de La Mancha lo que potenció su desarrollo económico.




Cuenta con la mayor cooperativa vinícola del mundo –si, del mundo- y si preguntaras a sus habitantes si actualmente tienen o tuvieron algún familiar relacionado con la agricultura y en concreto con el cultivo de la vid, éstos te contestarían afirmativamente.

Siempre hubo -como en todas partes- algún que otro terrateniente, pero la mayoría de la ciudad estaba conformada por agricultores de clase media con ocho o diez tinajas por bodega que se situaban en la parte baja de la casa con una lumbrera al exterior que proporcionaba luz y ventilación llamadas cuevas.

Es natural por tanto, que nuestra infancia transcurriera para la mayoría de nosotros en lugares relacionados con el vino y su producción.




El jaraíz era el lugar perfecto para esconderse con sus prensas o el patio de atrás donde se guardaban el remolque y el tractor con el que se trabajaba en el campo y donde la abuela me cantaba canciones para entretenerme.






La cueva, que era sumamente peligrosa por el tufo que se podía inhalar en épocas de fermentación y a la que había que bajar con un candil de aceite encendido para ver si había suficiente óxigeno mientras ibas bajando las escaleras. En esos meses se nos tenía prohibido a los más jóvenes bajar solos, pero yo siempre estaba atenta a que bajara el abuelo para hacerlo detrás de él.







Mi madre, como muchas mujeres del pueblo, ayudaba a mi padre en la recolección y los preparativos por lo que desde muy pequeña se vieron obligados a llevarme con ellos.

Dormíamos en el campo, en caserías donde coincidían varias cuadrillas con jornaleros que venían exclusivamente en la época de la vendimia para ayudar a nuestras familias a recoger la cosecha.


El momento más alegre del día llegaba al final de la jornada y después de la cena, los mayores se colocaban cerca de la chimenea al lado de la lumbre a contar historias que siempre me parecían sorprendentes. Los jóvenes bailaban al fondo de la sala y aprovechaban para echar el ojo a alguna moza que les había gustado. A veces, surgía una amistad que quedaba detenida en el tiempo hasta el próximo año en que volvían a encontrarse.

El aburrimiento cuando no había otros niños, me convertía en una observadora de orugas, saltamontes, mariposas y todo tipo de flores silvestres que, junto a las puestas de sol, me parecían un auténtico espectáculo.

Al recordar esto, inevitablemente me llega la sensación de felicidad despreocupada e inocente de una niña.

Todo los servicios que se prestaban en el pueblo se adaptaban a la época en que llegaba la vendimia. Lo prioritario era recoger la uva, lo demás, podía esperar. Incluso los profesores retrasaban todo lo que podían sus clases esperando a que llegaran  los alumnos de las familias que tenían que vendimiar,lo que era una inmensa mayoría.

Los fenómenos meteorológicos eran una información prioritaria en nuestras casas, cuando salía el "hombre del tiempo" nadie podía hablar en esos instantes, y si las noticias anunciaban heladas o tormentas de granizo, el rostro del cabeza de familia se tornaba preocupado.




No hay comida que recuerde donde no hubiera una botella de vino para acompañar a los comensales en la mesa.

Si se estaba en el campo, se utilizaba una bota para la ocasión y ésta, no dejaba de circular entre los jornaleros.

Estaba mal visto que las chicas bebieran  por lo que no estábamos acostumbradas a un sabor que entonces nos parecía amargo.









Hoy, no podría opinar igual, pues el vino es una de mis bebidas favoritas a pesar de mi mala relación con sus sulfitos y puedo asegurar- inevitablemente influida- que no hay mejor maridaje gastronómico, que, un queso y un vino manchegos.




Supongo, que, sin ser realmente conscientes, desde niños enraizó en nosotros la cultura del vino, y que ésta, nos pertenece en esencia por haber vivido en la comunidad de un pueblo cuya sistema de supervivencia siempre estuvo alrededor del cultivo de la vid y sus caldos.



Actualmente en mi ciudad todavía muchas familias dependen económicamente de la uva aunque el desarrollo tecnológico e industrial cambió hace ya tiempo la forma de vivir de sus habitantes y le permitió abrir un abanico de profesiones más amplio.


Toda mejora y avance debe ser valorada, pero no es menos cierto que a veces la deshumanización camina al lado de esta y confieso que, aunque en forma nostálgica, se cumple en mí el dicho de que cualquier tiempo pasado fue mejor.










































































































miércoles, 11 de enero de 2017

Los niños y el miedo.



Cuando era pequeña mi padre solía mandarme por la noche con algún recado al patio trasero de la casa. No le importaba que tuviera miedo. Cuando le expresaba ese temor me decía: ¿miedo de qué, a qué tienes miedo? El miedo no existe. Y con esa respuesta se daba por satisfecho.

No entendía que en mi imaginación aún pululaba algún resto de los cuentos que éste me contaba cada noche sobre monstruos que se convertían en hadas para engañar a los niños y llevárselos a su castillo donde un guardián vigilaba que no pudieran escapar porque si lo intentaban, este podía convertirlos  en cualquier clase de animal para la eternidad.

Los cuentos de mi padre casi nunca tenían un final feliz, supongo que no le divertía contarlos como lo haría Walt Disney. 

Estos temores eran inocentes y transitorios, nunca fueron más allá de la imaginación. Los miedos reales no solo se piensan, sino que, por desgracia, llegamos a sentirlos profundamente.

El curso de tercero de EGB comenzó con una novedad más añadida al cambio  de aula y esa fue la llegada al colegio de un nuevo profesor al que ninguno de nosotros conocíamos y que se llamaba Rafael, aunque para los niños iba incluido el don a la hora de nombrarlo.

Han pasado ya cuatro décadas y aún recuerdo sus grandes ojos oscuros en esa piel dorada por el mar y que tan poco se veía entonces por nuestra zona. Nos dijo a todos, niños y profesorado, que además de maestro, había sido Capitán de la Marina en su anterior trabajo. La verdad es que  no entendíamos que hacía un marino en un pueblecito perdido de la llanura manchega. 

Los primeros días comenzó a organizar la clase de una forma un tanto especial. De diez a una del mediodía se colocaba de pie delante de la pizarra a contar sus batallitas hasta la hora del recreo; después nos llamaba a su mesa para que le enseñáramos la tarea del día anterior. 

Siempre iban las chicas primero, y a las que llevábamos falda nos introducía disimuladamente su mano por debajo de ésta para tocarnos las nalgas. Creo recordar que únicamente me pasó una vez porque después ya solo quise ir con pantalones al colegio. 

Por la tarde, de tres a cinco, nos ordenaba leer en voz alta mientras tomaba el café que las chicas previamente elegidas por él le habían preparado (siempre escogía a las más desarrolladas físicamente) en un cuartito pequeño justo antes de entrar a la clase donde él también tenía su aseo particular.

Solía dormir la siesta justo después apoyando sus pies sobre lo alto de la  mesa y roncaba con fruición. Si despertaba y nos pillaba hablando, ordenaba a nuestro compañero de pupitre que nos pellizcara fuertemente las mejillas con ambas manos en forma de péndulo ondulante al menos treinta veces. 

Esto lo hicimos bien la primera vez, pero  luego decidimos aliarnos para evitar el castigo y fingíamos el movimiento de nuestra cabeza acompasado con el encargado de zarandeárnosla.

Cada día nos gritaba por algún motivo, pero no recuerdo qué es lo que hacíamos exactamente para enfadarlo de esa manera.

Una vez nos mandó hacer un mural en cartulina donde debíamos dibujar las diferentes provincias de la Península, nos dijo que quién no llevara el trabajo hecho al día siguiente sería castigado y yo, que era una mala dibujante llegué a casa muy preocupada, tanto, que mi madre que jamás me había ayudado con las tareas del colegio esa tarde se decidió a echarme una mano al ver mi estado de ansiedad. 

Después de mi empeño en terminar el ejercicio, D. Rafael se olvidó de recoger los trabajos y decidí que ya que tanto me había esforzado se lo enseñaría aunque no me lo hubiera pedido. Lo cogió, lo extendió sobre la mesa y, sin apenas mirarlo siquiera un segundo,  me dijo: "Esto es una guarrada” 

Otro día, uno en  que había llovido mucho y el patio de recreo estaba embarrado, pisé sin querer el calcetín blanco de una de sus niñas favoritas, la cual fue a quejarse llorando al profesor y él me mandó llamar para después quedarse a solas conmigo. 

Me preguntó: ¿has sido tú la que pisaste el calcetín a Lucía? Le dije que sí asintiendo con un gesto positivo de mi cabeza, pero no tuve tiempo a decir nada más. Me soltó el mayor bofetón de mi vida y no puede evitar hacerme pis encima. 

Ese día supe lo que era tener miedo real, no el de los monstruos convertidos en hadas.

El señor D. Rafael tenía tanto cariño a sus chicas,  en especial a dos de ellas, que no solo las favorecía en clase, sino que iba a visitarlas a su casa, sobre todo a María, la que era de condición más humilde. Ésta vivía tres calles más abajo de la mía. Allí se presentaba él para hablarles a sus padres de lo estupenda que era su hija, de lo contento que estaba con ella.

Un día mientras jugaba con María en  su casa, llegó el profesor de visita y decidí irme inmediatamente excusando que era muy tarde y mis padres me estaban esperando. 

Él, al escucharme, me dijo:” no te preocupes si yo me voy enseguida y te acerco con el coche a tu casa” .No sé cuál sería la expresión de mi rostro en esos instantes, pero si sé que advertí el peligro de una forma inminente, con lo que,en un descuido de su grandiosa y manipuladora oratoria, salí de esa casa veloz como un rayo y eché a correr hacia la mía sin parar hasta que llegué y logré sentirme a salvo. No pude dormir esa noche pensando en lo que me diría al día siguiente, por supuesto -y afortunadamente-  ni se acordó.

Tuve suerte, después de todo. A las pocas semanas llegó el desastre. Intentó abusar de la chica a la que yo había pisado el calcetín en el patio de recreo. 

No supimos hasta donde llegó exactamente, pero al día siguiente ya no apareció por clase. La familia de Lucía le puso una denuncia y entonces  salieron a relucir fragmentos de su turbio pasado, pequeños abusos que habían quedado en nada porque, por lo visto no llegaba a consumar su delito.

Lo más triste es que -después de recuperarnos y superar este trauma sin ningún tipo de ayuda psicológica (al menos yo)  porque creo que nos bastó con tener el curso siguiente a la mejor profesora del mundo- a este loco se le ocurrió volver a visitarnos cuatro años después, vestido con un uniforme de la marina y   de blanco impoluto, por supuesto.

La chica de la que quiso abusar, al verlo de nuevo corrió hasta los baños del colegio y se encerró  llorando en un estado de ansiedad inevitable; el resto de la clase llamamos a los profesores para avisarles de que D. Rafael había venido a vernos. Éstos actuaron rápidamente y amenazaron con llamar a la policía si no se iba de inmediato. Se largó y afortunadamente nunca más volvimos a verlo. 

Lo  más lamentable, es que después de cuarenta años de esta historia que acabo de relatar sin añadir ni un ápice de dramatismo, todavía, al escuchar cualquier noticiario, puedo comprobar como los niños siguen siendo el eslabón más débil de nuestra cadena. Siguen siendo los  más manipulados y  desprotegidos frente a todo tipo de malvados que a veces si que logran introducir  la huella del miedo y el horror en sus ojos para siempre.














viernes, 6 de enero de 2017

No es suficiente.
















Un día, llega el final de una historia de vida que creímos interminable, o que, osados, intentamos defender con el ultimo aliento de nuestra impronta.

Comprobamos que no es suficiente con querer amar aquello que ya no nos quema en el corazón, que cuando la escarcha se instala en nuestros sentimientos, es imposible derretirla hasta con la más cálida de las  primaveras.

Y la voz, esa voz que nos habla desde lo profundo de nuestra noche, se rebela al amanecer como un grito de libertad, impetuosa, irresponsable, pero increíblemente decidida a pesar de sentir el enorme vértigo de la soledad sobre sus pasos.

Y en ese minuto, ante esa mirada que nos lastima, sentimos que debemos arrancar de una vez nuestros miedos y culpas, que esta ya no es la tierra
que un día sembramos con sueños de futuro.

Nuestro equipaje para el camino, un minúsculo rincón del alma que aún no  llegó a pervertirse de infelicidad.




jueves, 29 de diciembre de 2016

Esperando al 2017.

En mi ordenador, tengo como fondo de escritorio  una foto donde aparezco delante de la Torre Eiffel con un gran gorro que me protege del frío que hacía esos días de febrero en París. 

Esta imagen refleja felicidad o al menos eso es el sentimiento al que me retrotraigo al observarla. A veces asociamos esta sensación a días o a momentos concretos sin que haya un motivo más explícito para justificarlo que el estar delante de un monumento como es el caso de la foto.

Estas fechas en las que estamos van de eso, de ser felices sí o sí, y cuando nos hacen la típica pregunta de cuántos nos reunimos para cenar en una de las grandes noches, si tu respuesta es que estaremos  los justos, te miran hasta de una forma rara, como si fueras una especie de marginada que no tiene amigos o familia suficiente para cenar con ellos.


Ocurre también que salimos más a menudo y no dejamos de cruzarnos con gente conocida o quedamos a comer con familia y amigos que nos desean toda clase de parabienes al vernos. El sentimiento es recíproco, por supuesto, es estupendo utilizar la excusa de la Navidad o de Fin de Año para abrazarnos y besarnos con personas que en determinados momentos han formado o forman parte de nuestra vida.

A pesar de esto que os cuento, a pesar de las sonrisas compartidas, no puedo ser feliz porque toque serlo el 25 o el 31 de diciembre.

Dejadme que os confiese que estos días estoy triste y que siento el peso de la soledad en mis espacios. Que en mi tristeza, me encuentro más susceptible con la tristeza de otros, de los muchos otros que tampoco celebrarán con champán porque ni siquiera tienen para comer o porque están envueltos en una guerra en la que lo han perdido todo, sin olvidar a aquellos que estarán en el hospital intentando superar la enfermedad que les llevó hasta allí.

No se trata de ser una aguafiestas y me parece estupendo que todos los que quieran y puedan, vivan esos días con la intensidad que se merecen, yo también he celebrado muchas navidades así porque lo sentí y pude hacerlo.

Pero… este año estoy con los tristes que esperan ansiosos un 2017 por estrenar. Con aquellos que sueñan con una nueva oportunidad en su vida para volver a ilusionarse.


Por un mundo donde puedan desaparecer de una vez por todas sus diferentes submundos con unas realidades tan crueles, que escapan a nuestra comprensión.

Feliz 2017 y os quiero a todos los que os dais por aludidos.








viernes, 16 de diciembre de 2016

Porque todo resulta ser mentira.
















Necesito escribir en esta soledad 
que amordaza mi boca con presagios palpables,
desanudar tanta palabra herida
como fui acuñando en la memoria.

Y debo confesarte,
que me huyen las ganas de quererte
y me queman las flores del perdón
absurdas e incapaces de borrar
nuestras guerras.

Porque jamás se cumplen los propósitos
porque todo resulta ser mentira.

Usamos la crueldad en nuestros gestos,
nos odiamos con un rencor de siglos
y tuve que cruzar la frontera sin ti,
sin una sola gota de amor entre mis ojos.

Necesito borrar proyectos de futuros
desanclar este yugo que zozobra mi barca
y echarme al mar en busca de gaviotas.