martes, 4 de abril de 2017

Solo sé.





















No sé si el desamor fue demasiado tiempo
una sombra alargada que no me dejó a solas
extinguiendo las fotos de un álbum en que fui protagonista.

No sé si es que dejé de creer en el hombre como tal
capaz de aniquilar su propio campo
de amapolas.

Solo sé que la vida no me odia después de todo,
y que espera, paciente, a que descubra
la bondad de unos ojos aún sin estrenar
dibujando en los míos reflejos de esperanzas.

Solo sé que has llegado, imprevisible,
y en forma de regalo inacabable
si observo tu mirada,
porque es imposible no amar todo el amor
que emerge de tus ganas de vivirme.



lunes, 13 de marzo de 2017

Hambrienta










Contemplo la felicidad
desde la luz hambrienta de mis ojos,
ruidosa y puritana,
la observo en la sonrisa
de aquellos que se buscan y se encuentran.

Anhelo su presencia llenando mis espacios,
y la sueño sin pausa y por defecto
en esta oscuridad inamovible
que me atrapa las ganas de quererme.

Sola en mi soledad, me traspasa tu ausencia
en un duelo desnudo de esperanzas
y de besos sin labios que besar.

No hay consuelo para mi desconsuelo
porque ya no me quema ni la culpa
al obviar éste amor que nunca fue
lo suficiente.



martes, 7 de marzo de 2017

Impulsos.


Estoy absolutamente convencida de que mi forma de escribir no se asemeja ni siquiera a la de un aprendiz de escritor. 

Salvo raras ocasiones, lo que a mí me gusta es darle a las teclas de forma atropellada, permitir, que las emociones que me atrapan en ese instante se diluyan en el texto. No busco palabras o citas propias que expresadas de una forma especial puedan llegar a quién pueda leerme, no lo hago, supongo que es una especie de hedonismo incontrolable escribir de esta manera.

Y sé, que cuando siento así, no puedo postergar lo que quiero decir para la próxima ocasión, porque entonces, el pudor me obligará a ser más correcta a la hora de plasmar mis sentimientos.

Por eso, a pesar de que no debería estar perdiendo el tiempo con unas líneas que no conducen a ninguna parte; necesito intentar ver desde afuera a la mujer que escribe, averiguar sus múltiples contradicciones e intentar entenderla.

Confieso y asumo que estos días no hallo una solución estable a mi vida por más fórmulas inimaginables que haya podido replantearme. Quito de aquí, pongo de allá y las cuentas siguen sin salir. Al final, llego a la conclusión de que por más que intente recomponer mi mapa y su futuro, éste no depende totalmente de mí.

Puedo  tomar decisiones, pero no puedo gobernar en mis sentimientos. No puedo sentir lo que otro quiere que sienta. Es una realidad cruel, lo sé, y a veces toca ser la mala de la película aunque sepas que  no fue exactamente así.

Y  siendo consciente del dolor que causo y me provoco, ayer firmé un documento de dos páginas redactado y leído por una abogada a la que no era capaz de escuchar embargada  como estaba en una inmensa tristeza. Ayer, cerré el proyecto de una vida en común  de veinticinco años con los ojos cubiertos de lágrimas y un abrazo de despedida.

Si pudiera saber dependiendo de la elección del camino a elegir, qué es lo que éste me deparará, todo sería más fácil. Pero, ¿y si resulta que me equivoqué? Y si lo hubiera intentado una vez más?


 Un propósito imposible, porque a pesar de esta soledad que me acompaña y me grita como el eco de un miembro amputado retorciéndose en su dolor, el pasado no es tangible y solo permanece en nuestra memoria.

¡Sería tan fácil perdonar y olvidar! ¿Por qué no lo hice? Por qué mi corazón se volvió tan duro?


Apostar al futuro sin saber las cartas de las que dispones es una locura. Retirarse del juego por miedo a perder la partida es de cobardes.


¿Pero, quién dijo que yo fuera valiente?

La decisión de seguir adelante solo depende de mí y debo asumir las consecuencias, ninguna buena de momento, puedo asegurarlo.



lunes, 27 de febrero de 2017

Suspicacias.

Se acercó sin ningún tipo de ambages para preguntarme como me encontraba, le habían dicho que me había separado y no podía creérselo. “Os veía un modelo de pareja perfecta” me dijo.

En el momento de oír esta frase comencé a preguntarme a mí misma cuántas veces  habíamos hablado de una forma más íntima con esta persona para que hubiera llegado a esa conclusión sobre nuestra relación.

 La respuesta fue un par de ellas y no más…

Es sorprendente como clasificamos a las personas solo por las apariencias sin tener más datos que puedan confirmar nuestras opiniones.

Yo, que suelo ser de carácter extrovertido y parlanchín en las distancias cortas, siempre he procurado huir de cualquier círculo social donde mayoritariamente y como tema de eje principal, se dedican a hablar de la vida de los demás, como si no tuviéramos bastante con nuestros propios problemas...

Desafortunadamente, lo que más detestas, llega y te pone a prueba de una forma descarada al constatar, que, de un tiempo a esta parte, he entrado a formar parte de la exclusiva más novedosa en el apartado de culebrones de mi barrio y mi entorno.

El primer mes de la ruptura de la relación, solo tú amigos más íntimos lo saben, pero es increíble la utilidad que tiene ese: “no se lo digas a nadie” para que en pocos días, el secreto más secreto, termine extendiéndose como una plaga y que la versión con la que comenzó, fiable o nada fiable, tras varios intercambios orales, termine mutando en una historia diferente en la que no me reconozco.

A muchas, muchísimas personas, les gusta el morbo y las miserias de los demás, no nos engañemos. Si no les queda claro tu fracaso,  lo indagan o  lo inventan, y si no consiguen hallar respuestas, no tienen ningún tipo de pudor en acercarse a ti con cara de estar dándote  el pésame para  preguntar hurgando en una herida que todavía sangra a borbotones.

Quieren y necesitan carroña para la conversación a la hora del café con las amigas, la adrenalina se les disparará mientras divagan excitadas sobre que pudo motivar una separación después de veinticinco años. 


“Seguro que hay cuernos” conjetura una del grupo que dice que no sabe por parte de quien, pero:" ¿qué otra cosa va a ser?" La que está junto a ella  apunta también, que si ha sido por problemas de caracteres: ¿por qué han esperado veinticinco años para separarse?

Lo peor de todo es que estas suspicacias puedan llegar a salpicar a los que más quieres y te quieren, esto si que genera un sentimiento de impotencia y desprecio hacia aquellas personas tan pobres de amor que necesitan alimentarse de la vida de los demás para olvidar el tedio y las desgracias de las suyas.








jueves, 23 de febrero de 2017

Volar

















Siempre supiste que no tengo precio,
que si hablamos de amor, me gusta regalarme
por cuestión de principios.

No quiero ser de nadie que no sea yo misma.

Por eso te rebelas,
sientes que te has perdido por perderme,
porque logré volar sin alas
una noche de lluvia en mis espejos.

Y el eco de tu voz se sostuvo en el aire
para llamarme loca en tu locura,
cuando sola, completamente sola,
deserté de tu ira
y mi fragilidad.




miércoles, 8 de febrero de 2017

Amigos.


Un día alguien me dijo que los amigos como tal, realmente no existían y que el sentido de la palabra amistad era una auténtica farsa a la vez que un mecanismo de supervivencia donde dos personas se utilizaban en beneficio propio.

Nunca compartí esa opinión y la experiencia me ha demostrado que a pesar de equivocarme alguna que otra vez en mis elecciones, fueron muchas más las ocasiones en  que acerté y donde supe ver en “el otro” los gestos necesarios de aquellos a los que hoy considero mis amigos.

Hay algunos que llegan y contra todo pronóstico solo permanecen el tiempo necesario en nuestra vida. Nos acompañan  una parte del camino porque debe de ser así aunque nos cueste aceptarlo y entenderlo.

Están los amigos de la niñez que un día se marcharon de nuestro paisaje pero que volvieron con el pelo blanco y la frente marcada de  arrugas para recuperar lo mejor de aquello que fuimos.

También están los que jamás habríamos vaticinado como posibles, pero que nos siembran de afectos imborrables el alma.

Os confieso que aunque siempre fuisteis imprescindibles, nunca os necesité tanto como ahora y que no hay día que no me sorprenda vuestra cercanía, tanto, que me pregunto si yo me habría comportado de igual forma con vosotros.

Ante esta duda, la   respuesta  llega sola con un cariño unánime y cálido por vuestra parte.

GRACIAS POR EXISTIR AMIGOS.



miércoles, 11 de enero de 2017

Los niños y el miedo.



Cuando era pequeña mi padre solía mandarme por la noche con algún recado al patio trasero de la casa. No le importaba que tuviera miedo. Cuando le expresaba ese temor me decía: ¿miedo de qué, a qué tienes miedo? El miedo no existe. Y con esa respuesta se daba por satisfecho.

No entendía que en mi imaginación aún pululaba algún resto de los cuentos que éste me contaba cada noche sobre monstruos que se convertían en hadas para engañar a los niños y llevárselos a su castillo donde un guardián vigilaba que no pudieran escapar porque si lo intentaban, este podía convertirlos  en cualquier clase de animal para la eternidad.

Los cuentos de mi padre casi nunca tenían un final feliz, supongo que no le divertía contarlos como lo haría Walt Disney. 

Estos temores eran inocentes y transitorios, nunca fueron más allá de la imaginación. Los miedos reales no solo se piensan, sino que, por desgracia, llegamos a sentirlos profundamente.

El curso de tercero de EGB comenzó con una novedad más añadida al cambio  de aula y esa fue la llegada al colegio de un nuevo profesor al que ninguno de nosotros conocíamos y que se llamaba Rafael, aunque para los niños iba incluido el don a la hora de nombrarlo.

Han pasado ya cuatro décadas y aún recuerdo sus grandes ojos oscuros en esa piel dorada por el mar y que tan poco se veía entonces por nuestra zona. Nos dijo a todos, niños y profesorado, que además de maestro, había sido Capitán de la Marina en su anterior trabajo. La verdad es que  no entendíamos que hacía un marino en un pueblecito perdido de la llanura manchega. 

Los primeros días comenzó a organizar la clase de una forma un tanto especial. De diez a una del mediodía se colocaba de pie delante de la pizarra a contar sus batallitas hasta la hora del recreo; después nos llamaba a su mesa para que le enseñáramos la tarea del día anterior. 

Siempre iban las chicas primero, y a las que llevábamos falda nos introducía disimuladamente su mano por debajo de ésta para tocarnos las nalgas. Creo recordar que únicamente me pasó una vez porque después ya solo quise ir con pantalones al colegio. 

Por la tarde, de tres a cinco, nos ordenaba leer en voz alta mientras tomaba el café que las chicas previamente elegidas por él le habían preparado (siempre escogía a las más desarrolladas físicamente) en un cuartito pequeño justo antes de entrar a la clase donde él también tenía su aseo particular.

Solía dormir la siesta justo después apoyando sus pies sobre lo alto de la  mesa y roncaba con fruición. Si despertaba y nos pillaba hablando, ordenaba a nuestro compañero de pupitre que nos pellizcara fuertemente las mejillas con ambas manos en forma de péndulo ondulante al menos treinta veces. 

Esto lo hicimos bien la primera vez, pero  luego decidimos aliarnos para evitar el castigo y fingíamos el movimiento de nuestra cabeza acompasado con el encargado de zarandeárnosla.

Cada día nos gritaba por algún motivo, pero no recuerdo qué es lo que hacíamos exactamente para enfadarlo de esa manera.

Una vez nos mandó hacer un mural en cartulina donde debíamos dibujar las diferentes provincias de la Península, nos dijo que quién no llevara el trabajo hecho al día siguiente sería castigado y yo, que era una mala dibujante llegué a casa muy preocupada, tanto, que mi madre que jamás me había ayudado con las tareas del colegio esa tarde se decidió a echarme una mano al ver mi estado de ansiedad. 

Después de mi empeño en terminar el ejercicio, D. Rafael se olvidó de recoger los trabajos y decidí que ya que tanto me había esforzado se lo enseñaría aunque no me lo hubiera pedido. Lo cogió, lo extendió sobre la mesa y, sin apenas mirarlo siquiera un segundo,  me dijo: "Esto es una guarrada” 

Otro día, uno en  que había llovido mucho y el patio de recreo estaba embarrado, pisé sin querer el calcetín blanco de una de sus niñas favoritas, la cual fue a quejarse llorando al profesor y él me mandó llamar para después quedarse a solas conmigo. 

Me preguntó: ¿has sido tú la que pisaste el calcetín a Lucía? Le dije que sí asintiendo con un gesto positivo de mi cabeza, pero no tuve tiempo a decir nada más. Me soltó el mayor bofetón de mi vida y no puede evitar hacerme pis encima. 

Ese día supe lo que era tener miedo real, no el de los monstruos convertidos en hadas.

El señor D. Rafael tenía tanto cariño a sus chicas,  en especial a dos de ellas, que no solo las favorecía en clase, sino que iba a visitarlas a su casa, sobre todo a María, la que era de condición más humilde. Ésta vivía tres calles más abajo de la mía. Allí se presentaba él para hablarles a sus padres de lo estupenda que era su hija, de lo contento que estaba con ella.

Un día mientras jugaba con María en  su casa, llegó el profesor de visita y decidí irme inmediatamente excusando que era muy tarde y mis padres me estaban esperando. 

Él, al escucharme, me dijo:” no te preocupes si yo me voy enseguida y te acerco con el coche a tu casa” .No sé cuál sería la expresión de mi rostro en esos instantes, pero si sé que advertí el peligro de una forma inminente, con lo que,en un descuido de su grandiosa y manipuladora oratoria, salí de esa casa veloz como un rayo y eché a correr hacia la mía sin parar hasta que llegué y logré sentirme a salvo. No pude dormir esa noche pensando en lo que me diría al día siguiente, por supuesto -y afortunadamente-  ni se acordó.

Tuve suerte, después de todo. A las pocas semanas llegó el desastre. Intentó abusar de la chica a la que yo había pisado el calcetín en el patio de recreo. 

No supimos hasta donde llegó exactamente, pero al día siguiente ya no apareció por clase. La familia de Lucía le puso una denuncia y entonces  salieron a relucir fragmentos de su turbio pasado, pequeños abusos que habían quedado en nada porque, por lo visto no llegaba a consumar su delito.

Lo más triste es que -después de recuperarnos y superar este trauma sin ningún tipo de ayuda psicológica (al menos yo)  porque creo que nos bastó con tener el curso siguiente a la mejor profesora del mundo- a este loco se le ocurrió volver a visitarnos cuatro años después, vestido con un uniforme de la marina y   de blanco impoluto, por supuesto.

La chica de la que quiso abusar, al verlo de nuevo corrió hasta los baños del colegio y se encerró  llorando en un estado de ansiedad inevitable; el resto de la clase llamamos a los profesores para avisarles de que D. Rafael había venido a vernos. Éstos actuaron rápidamente y amenazaron con llamar a la policía si no se iba de inmediato. Se largó y afortunadamente nunca más volvimos a verlo. 

Lo  más lamentable, es que después de cuarenta años de esta historia que acabo de relatar sin añadir ni un ápice de dramatismo, todavía, al escuchar cualquier noticiario, puedo comprobar como los niños siguen siendo el eslabón más débil de nuestra cadena. Siguen siendo los  más manipulados y  desprotegidos frente a todo tipo de malvados que a veces si que logran introducir  la huella del miedo y el horror en sus ojos para siempre.