jueves, 27 de noviembre de 2014

Luz Elena



















Me pregunto si acaso seré un imán o un receptor de señales que avisa con un leve pitido de la empatía crónica que padezco con la gente que me relaciono y que tiene algún problema. Soy de la clase de personas que aún pregunta al otro que tal se encuentra mirándole a los ojos, eso implica de entrada un compromiso emocional con lo que el emisor te va a contar. Sucede que si la historia me preocupa demasiado, me paso varios días dándole vueltas a la cabeza en busca de una solución posible.

Esta tarde me he acercado a la tienda de al lado de casa. Allí, cuando ya estoy en la caja para pagar, advierto la mirada fija de una señora con un pañuelo alrededor de su cabeza. Ante la insistencia de sus ojos en busca de los míos, me detengo a mirarla y reconozco en ella a quien me llamaba “Mamita” y que trabajó como limpiadora por unos meses en mi oficina. En ese momento no recuerdo su nombre, algo lógico en el despiste controlado que gobierna mi vida, pero sí su forma de ser, trabajadora, buena y dulce con todo el mundo. Al verla con la cabeza rapada, le pregunto intuyendo.

Mi sorpresa es su respuesta, “Se me ha muerto el hijo, Mamita,” contesta . El cáncer que lleva escrito en su rostro y su cabeza no le importan, ni la quimio, ni encontrarse en el paro, todo es relativo en estos momentos. Me dice que una buena amiga la acogió y la está cuidando. La angustia le quema, y me cuenta que encontró a su hijo de 34 años muerto en el sofá apenas hace un mes. Comienzo a encogerme por dentro.

Sigo escuchándola; sólo le interesa hablarme de su hijo, como si al hacerlo él siguiera presente. La observo y su aspecto se asemeja a un esperpento hecho jirones al que la pena abrasa. “El cuidaba de mí, mamita, me daba la medicina”, me dice, y yo, que sé un poco de su historia, recuerdo que el hijo siempre estuvo enfermo, que ella vino a este país para que él tuviera una vida más digna, al menos con posibilidades de futuro. Entendí que su vida merecía la pena sólo por el hijo

Le pregunto cómo se las arregla, si al menos en lo económico se defiende, pero no escucha, sólo me habla de su hijo. Dice que no llora, porque él no querría verla así, pero las palabras salen de su boca como un torrente de lágrimas.

Sin darme cuenta pronuncio en voz alta mis pensamientos: “No sé por qué Dios te causó tanto dolor ” y ella, aún siendo creyente asiente con la cabeza. Yo, que ahora estoy ausente en la fe y busco razones para ser una agnóstica en toda regla, me encuentro con una situación perfecta para culpar al Todopoderoso.

Sin embargo, el efecto es el contrario y me contradigo. Advierto que estas tragedias precisamente me hacen buscar una explicación, ¿qué sentido tendría esta vida para aquellas personas que están llamadas a padecer en esa forma, si no hubiera un más allá? Quiero pensar que el hijo de Luz Elena, llamado Gustavo, la está esperando en alguna parte de algún más allá ansiado por ambos. Segura estoy de que no acaba todo bajo tierra. No puede ser. Yo, al menos, necesito creer.