sábado, 13 de junio de 2015

A mí hijo





13 de junio de 1997, festividad de San Antonio. El miedo ante lo que se aproxima me acompaña camino del hospital, pues en unas horas, si todo sale como lo previsto, daré a luz y podré conocerte al fin. Cesaron las charlas que durante nueve meses crearon nuestro vínculo y donde sólo pude acariciarte a través de mi piel.

Tenemos previsto llamarte Eduardo porque serás el segundo y me toca elegir a mí. Papá dice que no cree que pueda llegar a quererte tanto como quiere a tú hermano mayor, y es porque no se imagina aún la relación tan cómplice y amorosa que tendréis entre ambos.

El parto se complica por diversos motivos y en un arrebato decido ponerte por nombre a los pocos días de nacer Eduardo Antonio. Con ese nombre te quedaste, ese es el nombre que te acompañará mientras tú quieras, aunque en casa sólo atiendas a  "Edu".

De pequeño ya estuviste varias veces en el hospital pues la salud siempre fue tu punto débil, ahora, sin embargo,debes inclinar la cabeza para que tus besos lleguen a mis mejillas.


Te vas, en unos meses te vas tú también y me pregunto qué haré sin tú presencia el próximo invierno. No hay respuesta pero intuyo que el tiempo me acostumbrará a una nueva ausencia.

 Volver la vista a tu niñez es encontrarme con tus sonrisas, ver tu adolescencia delante de mis ojos, me lleva a desencuentros que siempre terminaron en abrazos. Encontrarte ahora convertido en un joven maduro y afectuoso no me sorprende, sólo temo que te dañen demasiado. 

Hoy cumples dieciocho y me gustaría poder agradecerte todo el amor que nos has dado, pero no puedo plasmar en palabras nada que no te haya dicho ya mirándote a los ojos. Me dejo llevar por  las emociones como  una madre más entre las muchas que aman a sus hijos.

 Es tanta la fortuna que tuvimos contigo que a veces temo perderte, y acallo al pánico no vaya a oírme.


Sólo puedo decirte que te quiero, sólo puedo demostrarte que te amo.