martes, 28 de junio de 2016

Aprendí.






Se deslizó la voz entre mis manos
y comenzó a dictar en un poema
aquellos días en los que me eclipso
al antojo del alma y sus razones.

Aprendí a valorar en la palabra
el calor de los gestos que la incitan,
la renuncia al pudor y a mi silencio.

Quizás en este instante en el que escribo,
decido no ser más nunca jamás,
una mujer de llanto melancólico
que se despeina a solas la tristeza,

volver a ungir los ojos de esperanzas
que esperan por mis sueños
y exiliar mis fracasos
al olvido perenne del olvido.


Volver a enamorarme de la vida.