lunes, 11 de julio de 2016

Mi voz

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Todos estos años he silenciado a la voz que me habita. Solo pudo crecer durante la infancia y parte de la adolescencia. Ella siempre quiso hacerse escuchar, pero no se lo permití, cuando insistió, mi otro yo, el de la conformidad, gritó más fuerte para hacerse valer.

Mi voz, la que de verdad me pertenece, consigue hacerse oír cuando el cuerpo o el alma enferman pues no hay nada que perder.

Entonces y solo entonces, se vuelve irreductible y clama la independencia de tanto disfraz que la oculta. Escucharla es atrevido porque habla con el corazón y desoye a la mente dictando sus normas.

Ésta voz me reclama finales y comienzos que siempre quedan postergados para un mañana que debo confesar me produce vértigos de soledad. Tengo miedo a tormentas repentinas que puedan dejarme en harapos y muestren una vez más tanta piel gastada.

Déjame decirlo en voz alta ahora que no me escuchas, déjame que grite en un golpe de aire éste desamor del que ya nada puede brotar sino la certidumbre de días grises que han de venir a lastimarme con el silencio cruel de la desidia.