martes, 6 de diciembre de 2016

El Arte y su sentimiento



















Hace unos años Ainhoa Arteta,una de las mejores cantantes de Ópera (y de lo que ella quiera cantar) acudió al Teatro Municipal de mi localidad para actuar allí.

Decidí sacar dos entradas e invitar a mi madre a venirse conmigo. Ella ha ido muy pocas veces al teatro, creo que se podrían contar con los dedos de las manos, pero accedió encantada a acompañarme, no sin antes dejar caer previamente que,"me había gastado mucho dinero para un rato de música".

Tenía mis dudas sobre si le gustaría este determinado tipo de canto, porque mi madre, lo que principalmente ha hecho toda su vida es trabajar y cuidar de sus hijos como mejor ha sabido. Eso sí, ella también desarrolló su faceta artística a su manera pues siempre fue muy habilidosa para restaurar muebles o cualquier objeto, además de bordar, coser etc.

Cuando comenzó la actuación, no quería ni mirarla, porque es muy espontánea en sus opiniones y si algo no le gusta, no se corta un pelo en decirlo le pese a quién le pese. A  pocos minutos del comienzo no hizo falta preguntarle si le gustaba, la observé de reojo y vi como sus ojos brillaban radiantes mientras me susurraba al oído: “ Yo no entiendo de esto, no sé bien lo que canta esta mujer, pero ella y el pianista me están emocionando y siento como si la música me recorriera por todo el cuerpo".

Esta anécdota que cuento sobre mi madre, creo que podría identificarnos a todos aquellos a los que de una forma inexplicable el arte nos atrapa en sus diferentes vertientes y en el momento menos esperado sin haber previsto de ninguna manera posible ese sentimiento de felicidad ante una obra que otros ejecutan o ejecutaron en su momento.

Durante mi niñez, nunca escuché a nadie de mi familia o alrededor hablar sobre algo relativo al arte. Fue más tarde, en la escuela, cuando comencé a estudiar superficialmente las diferentes épocas y estilos. 

Al poco tiempo, se produjo involuntariamente un parón en lo relativo a mi formación cultural que a duras penas se fue conformando desde los libros que leía.

 El trabajo y el chico que me gustaba por aquella época, me absorbieron de lleno y aparté a un lado mi interés por aprender. Lo primero era obligatorio y lo segundo, era entonces el propósito más importante de mi vida.

Pasaron los años y comencé a sentir necesidad de ampliar mis conocimientos por lo que me matriculé para las pruebas de acceso a la Universidad escogiendo Historia del Arte como una de las asignaturas optativas. Sucedió que me encontré con una pasión inesperada de la que debo decir sin falsa modestia que fui una alumna destacada por lo mucho que me gustaba estudiar esta materia.

 

Conocer por ejemplo, la historia del Arte Romano más a fondo, despertó en mí una inquietud al menos sorprendente hasta entonces por viajar a Roma. Cumplir ese sueño fue y sigue siendo una de las cosas más inolvidables que he hecho en mi vida. Entrar a la Basílica de San Pedro y sentirte una hormiguita mirando incrédula tanta belleza a tu alrededor de pinturas, esculturas y arquitectura a la vez, es algo maravilloso.

Algo parecido me pasó en París con la Basílica de Notre Dame; el hotel donde me alojaba estaba cerca de ésta y cada día, antes de salir de ruta, me pasaba por allí  unos minutos para ver nuevamente sus vidrieras o la majestuosidad del  gótico. Era una maravilla observarla tanto de día, como de noche con sus gárgolas iluminadas.













Ese mismo año estudié también en esta asignatura a pintores como Velázquez, Goya, Tiziano, o al famoso pintor flamenco Jan Van EycK que me fascinó (no recordaba haberlo estudiado de más joven) y el uso novedoso entonces justo al resto de flamencos de la perspectiva lineal en sus pinturas.



Saber más de ellos, de su obra o sus estilos, me llevó a querer visitar en cuanto me fuera posible el Museo del Prado.Creo que es difícil de explicar, aunque me gustaría intentarlo, la sensación que me produjo entrar en la sala donde se exponen Las Meninas y  situarme  frente ante una imagen que te absorbe por completo. Un cuadro que había visto montones de veces en libros y por televisión y que, aunque me gustaba, no tenía nada que ver con la emoción de  tenerlo frente a mí. Me quedé allí, boquiabierta e inmóvil, contemplando el cuadro y la expansión de su belleza un largo tiempo. Recuerdo que íbamos un grupo de amigas y las perdí en el Museo porque  iban demasiado rápido y yo necesitaba tiempo para asimilar aquellos cuadros que llevaba previsto ver en mi visita.


El arte, desde el desconocimiento de la técnica, estilo y diferentes conceptos que puedan llegar a definirlo, nos puede emocionar igualmente, por supuesto que si, aunque no es menos cierto que si añadimos la ventaja de saber con algo de precisión lo que miramos, el placer se intensifica de una forma exponencial.

Supongo, mientras escribo, que mi mirada ante Las Meninas aquel día fue igual a la mirada de la niña que vio el mar por primera vez a los 14 años y ya no se quería marchar nunca de allí. Si lo pienso, ¿qué es el mundo si no la obra de arte más completa que existe para contemplar?