domingo, 17 de abril de 2016

Dejaré que suceda






















Dejaré que suceda la nostalgia
y lloverán las horas impacientes
de tanta soledad,

recrearé un santuario del adiós
que sacrifique mis axiomas
con el incienso de la despedida.

Como si nunca hubiera amado
antes de ti
cuando tuve otras primaveras
brotando de mi boca,
como si esta piel con raíces
no hubiera sido nunca
paraje de caricias.

Latidos que perfilan desamores
sin poemas futuros
que extrañen el silencio de mis ojos.

La vida se detuvo por instantes
a tu paso.





Preceptos























Vetamos la palabra entre nosotros
y se puso un candado
en nombre del amor

eso dijimos

derribamos los puentes
que nos cruzaban
insaciables de sueños
sin censuras

cercamos nuestra tierra
y sembramos prejuicios
que nos crecieron en los ojos

cumplimos los preceptos

y el sol se apagó entre mis árboles
sin esperanzas de poemas

la calma insiste en su discurso
y prohíbe lluviosa
la auto-com-pa-sión



jueves, 14 de abril de 2016

Luz Elena.


Carta a Luz Elena:

Hoy has muerto, un mensaje de móvil con una sencilla frase nos distanció ya para siempre. Nunca más volveré a escuchar de tus labios ese dulce “mamita” como solías hacer cada vez que me argumentabas con pasión alguna historia de tu compleja vida.

Fuiste a visitarme a la oficina pero no me encontraba allí; les dijiste a las compañeras que me hicieran saber que habías estado a verme. Anteriormente te había llamado en Navidad y te puse un par de mensajes para saber cómo te encontrabas y si podía ir a visitarte, pero no contestaste porque ya se te dormían las manos para coger el móvil.

"Me quedé sin poder despedirme, sin darte mi último abrazo y aquí me tienes desconsolada y llena de impotencia."

Eras creyente y la última vez que pude verte fue en la Iglesia donde nos habías citado a todos tus amigos para que asistiéramos a una homilía dedicada a tu hijo  al cumplirse el aniversario de su fallecimiento. 


Por supuesto que fui, y recuerdo que me pareció un compromiso por todas las dudas de fe que me rondaban, pero no quise defraudarte. Sin esperarlo, me encontré con una ceremonia cargada de emoción. Habías pedido permiso en el hospital para que te dejaran ir y llevabas una sonda en la nariz con una especie de riñonera por donde asomaban tus medicamentos. Te encontré muy débil pero eso no era lo que te preocupaba, lo que te estaba matando no era el cáncer que venías padeciendo, sino la pena tan grande de tu corazón.

"Y ahora qué mamita ¿ahora debo ir a visitar la tumba dónde descansas junto a él?


Sola, tan sola como te quedaste en un país extraño al que que viniste con la esperanza debajo de tus ojos y ahora te marchas queriendo y sin querer…"



Me enteré por casualidad de tu fallecimiento, no tienes familia en España, sólo un par de amigas en común, lo nuestro fue un flechazo de amistad,  me ganó tu alegría desde el primer minuto. Porque, yo no te conocí en el dolor, no, yo te encontré llena de vida y de inquietudes, feliz de haber conseguido un hogar para tu hijo a base de muchos sacrificios.

En el hospital siempre había algún amigo disponible para cuidarte, aunque eras tan valiente que no permitías la compasión para ti. Hablabas y hablabas de tu vida, de tu hijo, pero nunca te quejaste, nunca pediste nada. Solo necesitabas cariño, tanto como el que tú nos entregaste a todos aquellos que te conocimos.

No me pude despedir de ti, me dijeron que unos amigos te habían llevado a su casa a cuidarte, pero me demoré demasiado en investigar tu nueva dirección. No sabes cómo me duele escribir esto. Ahora solo deseo que tu fe no te haya fallado y que donde quiera que estés te encuentres con el gran amor de tu vida. Solo pido eso, que no te hayan engañado…




sábado, 9 de abril de 2016

La vida.



Te quedaste dormido en el sofá, encogido en forma de ovillo y con los brazos acurrucados tapando el rostro, tu cuerpo refleja una especie de indefensión a la vez que inocencia en esa postura. Te extiendo una manta de esas tan suaves que parecen de terciopelo y procuro no despertarte. 

Contemplar esta escena me hace feliz, observar al niño que se hizo hombre tan veloz como la lectura de una novela que me hizo disfrutar me soprende. 


Qué es la vida sino eso, una gran historia de suspense, amor y tragedia.

A veces, cuando todo va mal, cuando no me dio tiempo a prever la tormenta y me encuentro en medio del temporal, llego a creer que me hundiré para siempre, que nada ni nadie podrán rescatarme, porque no encuentro a qué  aferrarme o simplemente no sé cómo hacerlo. Se crea en mí una espiral de tristeza que me prohíbe el paso delante de cualquier espejo de la casa. 


Me desagrada ese ser tan opaco que me mira con tanta amargura a los ojos.

Sin embargo, la vida, la inmensa vida, me reclama con todo la potestad que le pertenece.


Esta, me empuja a salir de ese cascarón autocompasivo donde me relamo de mis pequeñas heridas, como si el mundo girase solo en torno a mí. Me invita a quererla como si hubiera nacido ayer con sus pequeños, enormes trazos de felicidad.

 Me regala aromas de viento, sonidos de árboles y cantos de palabras que reviven mi pulso.

Acaricia mi mirada y me la dibuja de nuevo con pinceladas de amor.