jueves, 29 de diciembre de 2016

Esperando al 2017.

En mi ordenador, tengo como fondo de escritorio  una foto donde aparezco delante de la Torre Eiffel con un gran gorro que me protege del frío que hacía esos días de febrero en París. 

Esta imagen refleja felicidad o al menos eso es el sentimiento al que me retrotraigo al observarla. A veces asociamos esta sensación a días o a momentos concretos sin que haya un motivo más explícito para justificarlo que el estar delante de un monumento como es el caso de la foto.

Estas fechas en las que estamos van de eso, de ser felices sí o sí, y cuando nos hacen la típica pregunta de cuántos nos reunimos para cenar en una de las grandes noches, si tu respuesta es que estaremos  los justos, te miran hasta de una forma rara, como si fueras una especie de marginada que no tiene amigos o familia suficiente para cenar con ellos.


Ocurre también que salimos más a menudo y no dejamos de cruzarnos con gente conocida o quedamos a comer con familia y amigos que nos desean toda clase de parabienes al vernos. El sentimiento es recíproco, por supuesto, es estupendo utilizar la excusa de la Navidad o de Fin de Año para abrazarnos y besarnos con personas que en determinados momentos han formado o forman parte de nuestra vida.

A pesar de esto que os cuento, a pesar de las sonrisas compartidas, no puedo ser feliz porque toque serlo el 25 o el 31 de diciembre.

Dejadme que os confiese que estos días estoy triste y que siento el peso de la soledad en mis espacios. Que en mi tristeza, me encuentro más susceptible con la tristeza de otros, de los muchos otros que tampoco celebrarán con champán porque ni siquiera tienen para comer o porque están envueltos en una guerra en la que lo han perdido todo, sin olvidar a aquellos que estarán en el hospital intentando superar la enfermedad que les llevó hasta allí.

No se trata de ser una aguafiestas y me parece estupendo que todos los que quieran y puedan, vivan esos días con la intensidad que se merecen, yo también he celebrado muchas navidades así porque lo sentí y pude hacerlo.

Pero… este año estoy con los tristes que esperan ansiosos un 2017 por estrenar. Con aquellos que sueñan con una nueva oportunidad en su vida para volver a ilusionarse.


Por un mundo donde puedan desaparecer de una vez por todas sus diferentes submundos con unas realidades tan crueles, que escapan a nuestra comprensión.

Feliz 2017 y os quiero a todos los que os dais por aludidos.








viernes, 16 de diciembre de 2016

Porque todo resulta ser mentira.
















Necesito escribir en esta soledad 
que amordaza mi boca con presagios palpables,
desanudar tanta palabra herida
como fui acuñando en la memoria.

Y debo confesarte,
que me huyen las ganas de quererte
y me queman las flores del perdón
absurdas e incapaces de borrar
nuestras guerras.

Porque jamás se cumplen los propósitos
porque todo resulta ser mentira.

Usamos la crueldad en nuestros gestos,
nos odiamos con un rencor de siglos
y tuve que cruzar la frontera sin ti,
sin una sola gota de amor entre mis ojos.

Necesito borrar proyectos de futuros
desanclar este yugo que zozobra mi barca
y echarme al mar en busca de gaviotas.



martes, 13 de diciembre de 2016

MI PRIMERA VEZ


El otro día conversando con un amigo que escribe en su blog titulado: VIVIR ES JUGAR se me ocurrió proponerle la idea de escribir ambos sobre un mismo tema contando nuestras experiencias o visión particular del asunto a tratar.

La primera entrada que escribimos fue sobre " el Arte y su sentimiento" y creo que la experiencia fue divertida y estimulante por lo que hoy vuelvo con un tema sugerido medio en broma y titulado "Mi primera vez"


Creo que podría escribir sobre muchas “primeras veces” a lo largo de mi vida al igual que el resto de personas que puedan estar leyendo esto. Todas nuestras vivencias comienzan siempre con una primera vez, luego, podrán seguirle a ésta muchas más o por el contrario se cerrará su ciclo en el primer intento.


 He olvidado muchas de mis primeras veces pero aún recuerdo:


Mi primer beso como una experiencia frustrada donde el romanticismo se me fue por el desagüe de la liviandad. Llegaron otros mejores, mucho mejores, pero ese beso se llevó mi inocencia.

Mi primera minifalda vaquera con medias de rejilla negras donde descubrí que tenía unas piernas largas que gustaban a los chicos y que no era un defecto medir 1.73.


El primer libro que me regalaron.”El principito” de Antonie Saint-Exúpery. Un libro que no era prestado de la Biblioteca ni  de ninguna amiga.

Mi primer baile de lento donde mi pareja se empeñaba en acercarse demasiado mientras yo no dejaba de pisar sus pies de una forma extremadamente torpe. Aún puedo recordar el olor de su perfume en su cuello.


Mi primera “casi” experiencia amorosa con 18 años en un hotel de dudosa reputación (nos dimos cuenta después) en el Casco Viejo de Bilbao donde mi amiga y compañera me pidió que por favor accediera a dejarla cambiarse de habitación en secreto (nuestros novios compartían la suya) para poder pasar la noche con su chico. Asentí nerviosa pero emocionada. Una noche de camas con muelles estrepitosos que nos llevó a la moqueta del suelo donde no quisimos guardar ni una sola caricia para el día siguiente mientras afuera  llovía en forma de susurro.



Mi primer viaje en avión donde la juventud me eximía de cualquier temor a que algo pudiera salir mal. Era tan feliz que pensaba que si moría en ese instante tampoco pasaría nada. He vuelto a viajar más veces en este medio y al contrario que entonces siempre lo hago tensa y asustada. 


Presenciar de cerca la muerte de un ser querido como mi abuela y sentir que no tenía miedo; la quería tanto, que quise  presenciar como la amortajaban y pedí por favor me dejaran ponerle  los zapatos en una especie de ritual particular.



La primera vez que fui madre, un proyecto de vida que nunca caduca y que me hizo sentir el peso del amor en toda su magnitud. Es la única experiencia en que la emoción es idéntica aunque se repita (pero no demasiadas por favor).

Montones de primeras veces que se sucedieron y espero se sigan sucediendo en diferentes versiones porque eso significará que estoy viva.









martes, 6 de diciembre de 2016

El Arte y su sentimiento



















Hace unos años Ainhoa Arteta,una de las mejores cantantes de Ópera (y de lo que ella quiera cantar) acudió al Teatro Municipal de mi localidad para actuar allí.

Decidí sacar dos entradas e invitar a mi madre a venirse conmigo. Ella ha ido muy pocas veces al teatro, creo que se podrían contar con los dedos de las manos, pero accedió encantada a acompañarme, no sin antes dejar caer previamente que,"me había gastado mucho dinero para un rato de música".

Tenía mis dudas sobre si le gustaría este determinado tipo de canto, porque mi madre, lo que principalmente ha hecho toda su vida es trabajar y cuidar de sus hijos como mejor ha sabido. Eso sí, ella también desarrolló su faceta artística a su manera pues siempre fue muy habilidosa para restaurar muebles o cualquier objeto, además de bordar, coser etc.

Cuando comenzó la actuación, no quería ni mirarla, porque es muy espontánea en sus opiniones y si algo no le gusta, no se corta un pelo en decirlo le pese a quién le pese. A  pocos minutos del comienzo no hizo falta preguntarle si le gustaba, la observé de reojo y vi como sus ojos brillaban radiantes mientras me susurraba al oído: “ Yo no entiendo de esto, no sé bien lo que canta esta mujer, pero ella y el pianista me están emocionando y siento como si la música me recorriera por todo el cuerpo".

Esta anécdota que cuento sobre mi madre, creo que podría identificarnos a todos aquellos a los que de una forma inexplicable el arte nos atrapa en sus diferentes vertientes y en el momento menos esperado sin haber previsto de ninguna manera posible ese sentimiento de felicidad ante una obra que otros ejecutan o ejecutaron en su momento.

Durante mi niñez, nunca escuché a nadie de mi familia o alrededor hablar sobre algo relativo al arte. Fue más tarde, en la escuela, cuando comencé a estudiar superficialmente las diferentes épocas y estilos. 

Al poco tiempo, se produjo involuntariamente un parón en lo relativo a mi formación cultural que a duras penas se fue conformando desde los libros que leía.

 El trabajo y el chico que me gustaba por aquella época, me absorbieron de lleno y aparté a un lado mi interés por aprender. Lo primero era obligatorio y lo segundo, era entonces el propósito más importante de mi vida.

Pasaron los años y comencé a sentir necesidad de ampliar mis conocimientos por lo que me matriculé para las pruebas de acceso a la Universidad escogiendo Historia del Arte como una de las asignaturas optativas. Sucedió que me encontré con una pasión inesperada de la que debo decir sin falsa modestia que fui una alumna destacada por lo mucho que me gustaba estudiar esta materia.

 

Conocer por ejemplo, la historia del Arte Romano más a fondo, despertó en mí una inquietud al menos sorprendente hasta entonces por viajar a Roma. Cumplir ese sueño fue y sigue siendo una de las cosas más inolvidables que he hecho en mi vida. Entrar a la Basílica de San Pedro y sentirte una hormiguita mirando incrédula tanta belleza a tu alrededor de pinturas, esculturas y arquitectura a la vez, es algo maravilloso.

Algo parecido me pasó en París con la Basílica de Notre Dame; el hotel donde me alojaba estaba cerca de ésta y cada día, antes de salir de ruta, me pasaba por allí  unos minutos para ver nuevamente sus vidrieras o la majestuosidad del  gótico. Era una maravilla observarla tanto de día, como de noche con sus gárgolas iluminadas.













Ese mismo año estudié también en esta asignatura a pintores como Velázquez, Goya, Tiziano, o al famoso pintor flamenco Jan Van EycK que me fascinó (no recordaba haberlo estudiado de más joven) y el uso novedoso entonces justo al resto de flamencos de la perspectiva lineal en sus pinturas.



Saber más de ellos, de su obra o sus estilos, me llevó a querer visitar en cuanto me fuera posible el Museo del Prado.Creo que es difícil de explicar, aunque me gustaría intentarlo, la sensación que me produjo entrar en la sala donde se exponen Las Meninas y  situarme  frente ante una imagen que te absorbe por completo. Un cuadro que había visto montones de veces en libros y por televisión y que, aunque me gustaba, no tenía nada que ver con la emoción de  tenerlo frente a mí. Me quedé allí, boquiabierta e inmóvil, contemplando el cuadro y la expansión de su belleza un largo tiempo. Recuerdo que íbamos un grupo de amigas y las perdí en el Museo porque  iban demasiado rápido y yo necesitaba tiempo para asimilar aquellos cuadros que llevaba previsto ver en mi visita.


El arte, desde el desconocimiento de la técnica, estilo y diferentes conceptos que puedan llegar a definirlo, nos puede emocionar igualmente, por supuesto que si, aunque no es menos cierto que si añadimos la ventaja de saber con algo de precisión lo que miramos, el placer se intensifica de una forma exponencial.

Supongo, mientras escribo, que mi mirada ante Las Meninas aquel día fue igual a la mirada de la niña que vio el mar por primera vez a los 14 años y ya no se quería marchar nunca de allí. Si lo pienso, ¿qué es el mundo si no la obra de arte más completa que existe para contemplar?










lunes, 5 de diciembre de 2016

Ya no me queda nada.



















Ya no me queda nada para darte,
se quedaron vacíos mis rincones
de contigo y con nosotros.
Armisticios de quita y pon
cansados de fracasos.

Contigo y desde ti nada me impulsa
sino la soledad de la derrota
y de tanto camino como anduve al revés.

Intento aterrizar en mis paisajes,
me enredo y me investigo
en lágrimas acérrimas
que ya no sé si son de incertidumbres
o de una buena actriz por descubrir.

Ya ves, he malgastado
mis ganas de quererte
como un árbol desnudo de esperanzas
ya no siento ni frío ni calor.