miércoles, 11 de enero de 2017

Los niños y el miedo.



Cuando era pequeña mi padre solía mandarme por la noche con algún recado al patio trasero de la casa. No le importaba que tuviera miedo. Cuando le expresaba ese temor me decía: ¿miedo de qué, a qué tienes miedo? El miedo no existe. Y con esa respuesta se daba por satisfecho.

No entendía que en mi imaginación aún pululaba algún resto de los cuentos que éste me contaba cada noche sobre monstruos que se convertían en hadas para engañar a los niños y llevárselos a su castillo donde un guardián vigilaba que no pudieran escapar porque si lo intentaban, este podía convertirlos  en cualquier clase de animal para la eternidad.

Los cuentos de mi padre casi nunca tenían un final feliz, supongo que no le divertía contarlos como lo haría Walt Disney. 

Estos temores eran inocentes y transitorios, nunca fueron más allá de la imaginación. Los miedos reales no solo se piensan, sino que, por desgracia, llegamos a sentirlos profundamente.

El curso de tercero de EGB comenzó con una novedad más añadida al cambio  de aula y esa fue la llegada al colegio de un nuevo profesor al que ninguno de nosotros conocíamos y que se llamaba Rafael, aunque para los niños iba incluido el don a la hora de nombrarlo.

Han pasado ya cuatro décadas y aún recuerdo sus grandes ojos oscuros en esa piel dorada por el mar y que tan poco se veía entonces por nuestra zona. Nos dijo a todos, niños y profesorado, que además de maestro, había sido Capitán de la Marina en su anterior trabajo. La verdad es que  no entendíamos que hacía un marino en un pueblecito perdido de la llanura manchega. 

Los primeros días comenzó a organizar la clase de una forma un tanto especial. De diez a una del mediodía se colocaba de pie delante de la pizarra a contar sus batallitas hasta la hora del recreo; después nos llamaba a su mesa para que le enseñáramos la tarea del día anterior. 

Siempre iban las chicas primero, y a las que llevábamos falda nos introducía disimuladamente su mano por debajo de ésta para tocarnos las nalgas. Creo recordar que únicamente me pasó una vez porque después ya solo quise ir con pantalones al colegio. 

Por la tarde, de tres a cinco, nos ordenaba leer en voz alta mientras tomaba el café que las chicas previamente elegidas por él le habían preparado (siempre escogía a las más desarrolladas físicamente) en un cuartito pequeño justo antes de entrar a la clase donde él también tenía su aseo particular.

Solía dormir la siesta justo después apoyando sus pies sobre lo alto de la  mesa y roncaba con fruición. Si despertaba y nos pillaba hablando, ordenaba a nuestro compañero de pupitre que nos pellizcara fuertemente las mejillas con ambas manos en forma de péndulo ondulante al menos treinta veces. 

Esto lo hicimos bien la primera vez, pero  luego decidimos aliarnos para evitar el castigo y fingíamos el movimiento de nuestra cabeza acompasado con el encargado de zarandeárnosla.

Cada día nos gritaba por algún motivo, pero no recuerdo qué es lo que hacíamos exactamente para enfadarlo de esa manera.

Una vez nos mandó hacer un mural en cartulina donde debíamos dibujar las diferentes provincias de la Península, nos dijo que quién no llevara el trabajo hecho al día siguiente sería castigado y yo, que era una mala dibujante llegué a casa muy preocupada, tanto, que mi madre que jamás me había ayudado con las tareas del colegio esa tarde se decidió a echarme una mano al ver mi estado de ansiedad. 

Después de mi empeño en terminar el ejercicio, D. Rafael se olvidó de recoger los trabajos y decidí que ya que tanto me había esforzado se lo enseñaría aunque no me lo hubiera pedido. Lo cogió, lo extendió sobre la mesa y, sin apenas mirarlo siquiera un segundo,  me dijo: "Esto es una guarrada” 

Otro día, uno en  que había llovido mucho y el patio de recreo estaba embarrado, pisé sin querer el calcetín blanco de una de sus niñas favoritas, la cual fue a quejarse llorando al profesor y él me mandó llamar para después quedarse a solas conmigo. 

Me preguntó: ¿has sido tú la que pisaste el calcetín a Lucía? Le dije que sí asintiendo con un gesto positivo de mi cabeza, pero no tuve tiempo a decir nada más. Me soltó el mayor bofetón de mi vida y no puede evitar hacerme pis encima. 

Ese día supe lo que era tener miedo real, no el de los monstruos convertidos en hadas.

El señor D. Rafael tenía tanto cariño a sus chicas,  en especial a dos de ellas, que no solo las favorecía en clase, sino que iba a visitarlas a su casa, sobre todo a María, la que era de condición más humilde. Ésta vivía tres calles más abajo de la mía. Allí se presentaba él para hablarles a sus padres de lo estupenda que era su hija, de lo contento que estaba con ella.

Un día mientras jugaba con María en  su casa, llegó el profesor de visita y decidí irme inmediatamente excusando que era muy tarde y mis padres me estaban esperando. 

Él, al escucharme, me dijo:” no te preocupes si yo me voy enseguida y te acerco con el coche a tu casa” .No sé cuál sería la expresión de mi rostro en esos instantes, pero si sé que advertí el peligro de una forma inminente, con lo que,en un descuido de su grandiosa y manipuladora oratoria, salí de esa casa veloz como un rayo y eché a correr hacia la mía sin parar hasta que llegué y logré sentirme a salvo. No pude dormir esa noche pensando en lo que me diría al día siguiente, por supuesto -y afortunadamente-  ni se acordó.

Tuve suerte, después de todo. A las pocas semanas llegó el desastre. Intentó abusar de la chica a la que yo había pisado el calcetín en el patio de recreo. 

No supimos hasta donde llegó exactamente, pero al día siguiente ya no apareció por clase. La familia de Lucía le puso una denuncia y entonces  salieron a relucir fragmentos de su turbio pasado, pequeños abusos que habían quedado en nada porque, por lo visto no llegaba a consumar su delito.

Lo más triste es que -después de recuperarnos y superar este trauma sin ningún tipo de ayuda psicológica (al menos yo)  porque creo que nos bastó con tener el curso siguiente a la mejor profesora del mundo- a este loco se le ocurrió volver a visitarnos cuatro años después, vestido con un uniforme de la marina y   de blanco impoluto, por supuesto.

La chica de la que quiso abusar, al verlo de nuevo corrió hasta los baños del colegio y se encerró  llorando en un estado de ansiedad inevitable; el resto de la clase llamamos a los profesores para avisarles de que D. Rafael había venido a vernos. Éstos actuaron rápidamente y amenazaron con llamar a la policía si no se iba de inmediato. Se largó y afortunadamente nunca más volvimos a verlo. 

Lo  más lamentable, es que después de cuarenta años de esta historia que acabo de relatar sin añadir ni un ápice de dramatismo, todavía, al escuchar cualquier noticiario, puedo comprobar como los niños siguen siendo el eslabón más débil de nuestra cadena. Siguen siendo los  más manipulados y  desprotegidos frente a todo tipo de malvados que a veces si que logran introducir  la huella del miedo y el horror en sus ojos para siempre.