lunes, 13 de marzo de 2017

Hambrienta










Contemplo la felicidad
desde la luz hambrienta de mis ojos,
ruidosa y puritana,
la observo en la sonrisa
de aquellos que se buscan y se encuentran.

Anhelo su presencia llenando mis espacios,
y la sueño sin pausa y por defecto
en esta oscuridad inamovible
que me atrapa las ganas de quererme.

Sola en mi soledad, me traspasa tu ausencia
en un duelo desnudo de esperanzas
y de besos sin labios que besar.

No hay consuelo para mi desconsuelo
porque ya no me quema ni la culpa
al obviar éste amor que nunca fue
lo suficiente.



martes, 7 de marzo de 2017

Impulsos.


Estoy absolutamente convencida de que mi forma de escribir no se asemeja ni siquiera a la de un aprendiz de escritor. 

Salvo raras ocasiones, lo que a mí me gusta es darle a las teclas de forma atropellada, permitir, que las emociones que me atrapan en ese instante se diluyan en el texto. No busco palabras o citas propias que expresadas de una forma especial puedan llegar a quién pueda leerme, no lo hago, supongo que es una especie de hedonismo incontrolable escribir de esta manera.

Y sé, que cuando siento así, no puedo postergar lo que quiero decir para la próxima ocasión, porque entonces, el pudor me obligará a ser más correcta a la hora de plasmar mis sentimientos.

Por eso, a pesar de que no debería estar perdiendo el tiempo con unas líneas que no conducen a ninguna parte; necesito intentar ver desde afuera a la mujer que escribe, averiguar sus múltiples contradicciones e intentar entenderla.

Confieso y asumo que estos días no hallo una solución estable a mi vida por más fórmulas inimaginables que haya podido replantearme. Quito de aquí, pongo de allá y las cuentas siguen sin salir. Al final, llego a la conclusión de que por más que intente recomponer mi mapa y su futuro, éste no depende totalmente de mí.

Puedo  tomar decisiones, pero no puedo gobernar en mis sentimientos. No puedo sentir lo que otro quiere que sienta. Es una realidad cruel, lo sé, y a veces toca ser la mala de la película aunque sepas que  no fue exactamente así.

Y  siendo consciente del dolor que causo y me provoco, ayer firmé un documento de dos páginas redactado y leído por una abogada a la que no era capaz de escuchar embargada  como estaba en una inmensa tristeza. Ayer, cerré el proyecto de una vida en común  de veinticinco años con los ojos cubiertos de lágrimas y un abrazo de despedida.

Si pudiera saber dependiendo de la elección del camino a elegir, qué es lo que éste me deparará, todo sería más fácil. Pero, ¿y si resulta que me equivoqué? Y si lo hubiera intentado una vez más?


 Un propósito imposible, porque a pesar de esta soledad que me acompaña y me grita como el eco de un miembro amputado retorciéndose en su dolor, el pasado no es tangible y solo permanece en nuestra memoria.

¡Sería tan fácil perdonar y olvidar! ¿Por qué no lo hice? Por qué mi corazón se volvió tan duro?


Apostar al futuro sin saber las cartas de las que dispones es una locura. Retirarse del juego por miedo a perder la partida es de cobardes.


¿Pero, quién dijo que yo fuera valiente?

La decisión de seguir adelante solo depende de mí y debo asumir las consecuencias, ninguna buena de momento, puedo asegurarlo.