Hace poco leía un artículo sobre la importancia del contacto cero para recuperarte de una ruptura de pareja. Aseguraban el éxito si cumplías con la regla del 5-5-5. Me pareció gracioso leer esto a casi tres años de mi ruptura, un duelo que se ha quedado estancado en alguna parte a la que de momento, me es imposible llegar para alcanzar la despedida definitiva.
Quizás este amor que siento es similar al pozo de libros infinitos de Praga, una famosa instalación artística con forma cilíndrica conocida como Idiom. Cuando te asomas a él por una abertura en forma de lágrima, puedes ver un fondo infinito de libros, una ficción que parece real y solo depende de un pequeño truco; dos espejos situados en la parte de arriba y abajo, que reflejan todos los libros instalados en esta.
Quiero pensar que el libro o la historia de este amor al que me cuesta decir un adios definitivo, probablemente es también un pozo con espejos que solo me devuelve el reflejo de lo que fui o sentí.
Aún así, cada día que pasa voy mejorando, ya no sobrepienso o me me pregunto insistentemente, por qué sucedió. Ya no me revelo, simplemente acepto mi pasado y agradezco todo lo aprendido.
Comienzo a entender que la gestión de mis emociones solo me pertenece a mí. Siempre he culpado a los demás de los sentimientos que me provocaban con sus actos. No aceptaba que otros pensaran o actuaran diferente a como yo creía que debía hacerse. Desde el ego pretendí que los demás cambiaran, que si de verdad me querían, podrían hacerlo.
Ahora, después de muchas lágrimas, de muchos nudos en la garganta a consecuencia de una realidad que me ha costado aceptar, es que puedo ver con algo más de claridad, que en las relaciones que fracasan, no hay un único culpable. Que sólo nosotros somos responsables de sostener nuestra vida y lo que queremos hacer con ella. La solución nunca es pedirle al otro que cambie, sino intentar entenderlo, aceptarlo y si finalmente no puede ser, irte de su lado con cariño y sin reproches.
Por eso, llega el día en que el perdón se hace necesario a una misma y a los demás, por todo el daño causado desde el miedo y la falta de amor propio. Es el momento de pedir disculpas a aquellas personas a las que he amado y amo profundamente. Pedir perdón por no haberlo hecho mejor, por haberles causado sufrimiento. Ya no puedo reparar aquello que hice mal, pero si puedo decirles que lo siento, que todo esa ira que descargué a veces con ellos, era probablemente la de una niña con miedo, mucho miedo al abandono.
Que la vida les traiga toda la felicidad que merecen.
Quizás este amor que siento es similar al pozo de libros infinitos de Praga, una famosa instalación artística con forma cilíndrica conocida como Idiom. Cuando te asomas a él por una abertura en forma de lágrima, puedes ver un fondo infinito de libros, una ficción que parece real y solo depende de un pequeño truco; dos espejos situados en la parte de arriba y abajo, que reflejan todos los libros instalados en esta.
Quiero pensar que el libro o la historia de este amor al que me cuesta decir un adios definitivo, probablemente es también un pozo con espejos que solo me devuelve el reflejo de lo que fui o sentí.
Aún así, cada día que pasa voy mejorando, ya no sobrepienso o me me pregunto insistentemente, por qué sucedió. Ya no me revelo, simplemente acepto mi pasado y agradezco todo lo aprendido.
Comienzo a entender que la gestión de mis emociones solo me pertenece a mí. Siempre he culpado a los demás de los sentimientos que me provocaban con sus actos. No aceptaba que otros pensaran o actuaran diferente a como yo creía que debía hacerse. Desde el ego pretendí que los demás cambiaran, que si de verdad me querían, podrían hacerlo.
Ahora, después de muchas lágrimas, de muchos nudos en la garganta a consecuencia de una realidad que me ha costado aceptar, es que puedo ver con algo más de claridad, que en las relaciones que fracasan, no hay un único culpable. Que sólo nosotros somos responsables de sostener nuestra vida y lo que queremos hacer con ella. La solución nunca es pedirle al otro que cambie, sino intentar entenderlo, aceptarlo y si finalmente no puede ser, irte de su lado con cariño y sin reproches.
Por eso, llega el día en que el perdón se hace necesario a una misma y a los demás, por todo el daño causado desde el miedo y la falta de amor propio. Es el momento de pedir disculpas a aquellas personas a las que he amado y amo profundamente. Pedir perdón por no haberlo hecho mejor, por haberles causado sufrimiento. Ya no puedo reparar aquello que hice mal, pero si puedo decirles que lo siento, que todo esa ira que descargué a veces con ellos, era probablemente la de una niña con miedo, mucho miedo al abandono.
Que la vida les traiga toda la felicidad que merecen.
Gracias, porque cada acto de amor, me ayudó a ser la persona en la que me he convertido.