martes, 31 de octubre de 2017

Ni mi verdad ni la tuya.

Hace poco tiempo tuve que asistir (casi por obligación) a una misa en recuerdo del aniversario de un familiar ya fallecido. Ese día, intenté escuchar el sermón  con atención pero sin ningún resultado satisfactorio. Era consciente de  que mis sentimientos religiosos últimamente se habían endurecido y ninguna frase del sacerdote consiguió calar en mí esa tarde.

Recordé entonces, en forma de flash-back, todos los años de mi niñez y adolescencia cuando asistía sin falta a la misa dominical, y los posteriores, donde mis hijos también me acompañaban educados en la misma fe.


 No sé si durante ese tiempo fui una fanática que creyó en un Dios que  no puede demostrarse, pero si puedo deciros  que mi creencia me hizo feliz en muchos momentos difíciles.

Estos recuerdos me hicieron pensar que lo que nos hace felices no tiene por qué ser siempre una verdad probada. A veces es suficiente con que sea la nuestra si ésta no perjudica a nadie.

El problema llega cuando nos empeñamos en hacer prevalecer nuestra verdad ante los demás y la defendemos como única aún a sabiendas de que  esta obcecación nos conducirá al enfrentamiento entre nosotros.

Nos tomamos, me tomo, la vida demasiado en serio, coartando la inocencia de lo sencillo, sin darme, sin darnos cuenta de que lo verdadero, no tiene por qué ser lo mejor, de que nuestra razón, mi razón, no me hará más dichosa, si esta me enfrenta a ti.

Y me pregunto, después de mis errores, si alguna vez aprenderé a dejar de sentirme el ombligo del mundo cada cierto tiempo; si después de tanta experiencia de vida, no aprenderé  a relativizar mi verdad y a tomarme con cierto sentido del humor aquello que me sucede.


 Amar desde la serenidad que produce restar importancia a lo que no la tiene.

Ni tu bandera ni la mía, ni tu Dios o aquel del que yo sigo dudando, ni tú ni yo por separado si realmente queremos seguir juntos uno al lado del otro.

Así que, por favor, acércate, que quiero susurrarte al oído una caricia sin argumentos...




miércoles, 4 de octubre de 2017

Despedida

Te suelto de la culpa que te engulle
en esa soledad que a ti también te crece
cuando a ratos me piensas sin querer.

¿Sabes? 

No hay víctimas en las historias incompletas,
solo amores que deben aprender a soltarse
para no terminar en el
 desierto
de nuestros múltiples vacíos.

Aceptar, que hay algunos trenes que no deben dejarse ir,
y otros, a los que nunca, nunca, debimos de subirnos
porque nos condujeron a un lugar

 inexistente en nuestros mapas.

Y así, es como intuyo la palabra “despedida”
volando a solas y en silencio

 para dejar marchar lo inevitable.