domingo, 31 de diciembre de 2017

Adiós 2017 y bienvenido 2018.
















Antes de que llegara la navidad anticipé mi tristeza, temía que los días de felicitaciones pudieran remover pasados que ya fueron. Es por eso que este año he deseado que pasara muy rápido, vivirla como una especie de estrella fugaz a la que al mirar por segunda vez, observas que ya desapareció en lo profundo del universo.

Pero no, la vida casi nunca transcurre como nosotros queremos, el tiempo, nuestros espacios, no suelen adaptarse a lo que creemos que sucederá. No siempre aceptamos aprender aquello que necesitamos  de nuestras derrotas, y por el contrario nos negamos a habitar lugares inhóspitos de nuestro yo a los que nunca creímos llegar.

Y entonces, cualquier tiempo pasado nos parece mejor, porque sentir la soledad, el desamor y la creencia de que no merecemos ser amados, es una sensación por la que nadie debería pasar. Pensar que somos los únicos culpables de las consecuencias de  nuestros actos, es la peor degradación emocional que  podemos hacernos a nosotros mismos. 

Hoy no tenía previsto atender el teléfono, no quería mensajes de bienaventuranzas este año. He perdido amigos a los que sigo queriendo y puse fin a un amor inexistente instalado en el desamor pero que me dio lo mejor de mi vida, mis hijos.

Sin embargo, la luz que creí perdida entre tanta oscuridad, ha despertado dejando todos mis cuestionamientos e incertidumbres a un lado, ha vuelto para alumbrarme una vez más.


Y es que el 2017 no ha sido de un solo de color, pero estuve tan entregada a mi tristeza y su duelo, que no supe apreciar todas las cosas buenas que también llamaron a mi puerta.



Se reforzaron amistades que siempre estuvieron ahí para levantarme cada vez que volví a recaer y llegaron nuevos amigos a mostrarme que la vida tiene muchos matices y que podemos elegir entre ellos, me invitaron a pensar.


Y llegó también “el pringao” como le gusta definirse cuando se siente vapuleado por la vida y mis continuos vaivenes emocionales. Quizás sea verdad que es un poco "pringao" por estar ahí todavía, por no haber huido de estas inseguridades que abarcan mi corazón sin pretenderlo.

Descubro que se atreve con los riesgos , porque a pesar de conocerme, aún no se ha marchado. Y creo, empiezo a creer, que su objetivo es acompañarme en el camino para darme lo mejor de él. Será que no sabe rendirse porque en lo más profundo de su corazón sigue habitando un niño que aún cree en la magia del amor y la justicia.

Al final, despido el 2017 pensando que éste me trajo experiencias buenas y no tan buenas, pero sobre todo me dio lecciones de vida y a pesar de tanto desamor, su lado anverso comienza a mostrarme emociones en color aún por vivir.

FELIZ 2018 amigos míos!!!


lunes, 25 de diciembre de 2017

Impulso ante reflexión.




Creo que siempre es aconsejable no actuar solo por impulso en nuestros actos a no ser que nos encontremos en un caso de vida o muerte que, siendo sincera, jamás he tenido que enfrentar. 

Aún así, sabiendo que a la hora de tomar decisiones la reflexión previa es la elección más acertada, mi carácter sufre del efecto contrario que tantos disgustos me ha dado en muchos casos.

Por eso, entiendo que meditar sobre aquello que cambiará en algún modo nuestra forma de vida, es algo que debemos hacer pero siempre con cuidado y sin que esto nos lleve al auto-engaño, tomar un camino diferente, elegir otra opción a la que ya conocemos, es un atrevimiento muy cercano a la locura.


 Algunas de las resoluciones más difíciles que he tomado no habría sido capaz de realizarlas si me hubiera detenido a pensar en las consecuencias. Siempre he procurado ser fiel a mi intuición pero a la vez tengo miedo de mis propias elecciones,de mi propio yo, un sentimiento que debo dejar fluir para que se termine yendo algún día, alguna vez...

Hay decisiones que nos llevarán por un tiempo a la soledad, a dejar amigos que en esta etapa no quisieron estar, o no fueron capaces de entender… Pero también hay personas nuevas que han llegado y seguirán llegando, que antes no existían en mi memoria ni en mi piel y que probablemente no habría conocido de no haber elegido este otro camino, otros paisajes a los que ahora asomo el corazón y que me llevan a emociones aún por transitar.

Por tanto, aunque no defiendo los actos impulsivos por sí mismos y como único elemento determinante, si que creo que a nuestras decisiones previamente reflexionadas debemos añadirle una pizca de mínimo sentimiento intuitivo. Escuchar al corazón es necesario siempre.


P.D. El perrito de la foto es mi última locura del 2017, se llama Croqueto y llegó a casa el 6 de diciembre porque no lo “pensé” demasiado. Bendito impulso que me tiene desconcertada de amor.





martes, 28 de noviembre de 2017

No te dije.















No te dije cuando preguntaste por mis lágrimas, que tus abrazos son los que desnudan mis debilidades y dejan a un lado esta inverosímil fortaleza.

No te  dije, que el vértigo ante la incertidumbre de este amor por horas, me arrolla en forma de intuición inevitable prediciendo nuestro amor con un the end.

No te dije, que anhelé que me hubieras pedido quedarme contigo, pues me cuesta renunciar a la ternura que me vuelve adicta a ti después de tanta nostalgia como transito. 


Que siento que este amor no es mi realidad, aunque si nuestro presente, que hoy y quizás mañana decidas estar, pero yo, inevitable yo, vuelvo a sentir la soledad en el camino.

Y te desconciertan mis silencios porque solo cuando callo, es cuando más me muestro. Te asusta esta mujer insegura que imaginaste valiente hasta descubrir las fragilidades que la completan desde la sed de amarte.

Que mi corazón decide mil veces más una no seguir hacia adelante después de tanto fracaso como acumulan mis ojos. Que sigo sin saber hacia donde voy, pero si donde no quiero estar en mi futuro.

No necesito que nadie más apueste por mí. No, mientras no sea mi propia elección.



viernes, 24 de noviembre de 2017

Érase una vez

Érase una vez una mujer 
que se marchó de mí,
una mujer que al observar sus manos
las encontró vacías

 y se fue para siempre aquella noche.

Desde entonces,
el alma viaja sin trayecto
en este éste amor envenenado
donde puedo oler la desgracia
por lo que fuimos
y nunca 
más seremos.


No te amo,
aunque quizás no pueda

dejar de amarte nunca,
como un miembro fantasma 

que se alimenta del dolor
en el que te has convertido.

martes, 31 de octubre de 2017

Ni mi verdad ni la tuya.

Hace poco tiempo tuve que asistir (casi por obligación) a una misa en recuerdo del aniversario de un familiar ya fallecido. Ese día, intenté escuchar el sermón  con atención pero sin ningún resultado satisfactorio. Era consciente de  que mis sentimientos religiosos últimamente se habían endurecido y ninguna frase del sacerdote consiguió calar en mí esa tarde.

Recordé entonces, en forma de flash-back, todos los años de mi niñez y adolescencia cuando asistía sin falta a la misa dominical, y los posteriores, donde mis hijos también me acompañaban educados en la misma fe.


 No sé si durante ese tiempo fui una fanática que creyó en un Dios que  no puede demostrarse, pero si puedo deciros  que mi creencia me hizo feliz en muchos momentos difíciles.

Estos recuerdos me hicieron pensar que lo que nos hace felices no tiene por qué ser siempre una verdad probada. A veces es suficiente con que sea la nuestra si ésta no perjudica a nadie.

El problema llega cuando nos empeñamos en hacer prevalecer nuestra verdad ante los demás y la defendemos como única aún a sabiendas de que  esta obcecación nos conducirá al enfrentamiento entre nosotros.

Nos tomamos, me tomo, la vida demasiado en serio, coartando la inocencia de lo sencillo, sin darme, sin darnos cuenta de que lo verdadero, no tiene por qué ser lo mejor, de que nuestra razón, mi razón, no me hará más dichosa, si esta me enfrenta a ti.

Y me pregunto, después de mis errores, si alguna vez aprenderé a dejar de sentirme el ombligo del mundo cada cierto tiempo; si después de tanta experiencia de vida, no aprenderé  a relativizar mi verdad y a tomarme con cierto sentido del humor aquello que me sucede.


 Amar desde la serenidad que produce restar importancia a lo que no la tiene.

Ni tu bandera ni la mía, ni tu Dios o aquel del que yo sigo dudando, ni tú ni yo por separado si realmente queremos seguir juntos uno al lado del otro.

Así que, por favor, acércate, que quiero susurrarte al oído una caricia sin argumentos...




miércoles, 4 de octubre de 2017

Despedida

Te suelto de la culpa que te engulle
en esa soledad que a ti también te crece
cuando a ratos me piensas sin querer.

¿Sabes? 

No hay víctimas en las historias incompletas,
solo amores que deben aprender a soltarse
para no terminar en el
 desierto
de nuestros múltiples vacíos.

Aceptar, que hay algunos trenes que no deben dejarse ir,
y otros, a los que nunca, nunca, debimos de subirnos
porque nos condujeron a un lugar

 inexistente en nuestros mapas.

Y así, es como intuyo la palabra “despedida”
volando a solas y en silencio

 para dejar marchar lo inevitable.





viernes, 29 de septiembre de 2017

Respirar este momento.
















Esta tarde, charlando con un buen amigo, comentábamos sobre las interpretaciones que solemos hacer en nuestras conversaciones con los demás y lo complicado que resulta a veces llegar a entender lo que alguien desea decirnos realmente. Él me decía que esta confusión puede darse porque a veces en la comunicación entre dos personas suelen fluctuar sin embargo, cuatro opciones de pensamientos diferentes.

Cuando hablamos pretendemos expresar lo que sentimos y a la vez, analizamos que puede estar pensando nuestro interlocutor sobre lo que le estamos transmitiendo, esto también puede sucederle al otro comunicante,  con lo que no es raro terminar frustrados por no lograr llegar al entendimiento.

Creo que este doble pensamiento surge por una falta de seguridad en nosotros mismos unido a  un exceso absurdo e inconsciente por querer controlar aquello que no podemos; la reacción del que nos escucha.

Esto genera a veces sufrimiento, exponer nuestras emociones, tenderlas en la cuerda de la vida y dejarlas fluir arriesgándonos a poder ser lastimados puede ser para algunas personas una especie de suicidio premeditado.

Comprender que de una forma u otra siempre habrá algún motivo que nos hará salir de nuestra zona de confort, pareja, casa, trabajo etc. Aceptar que realmente solo tenemos nuestro presente, el ahora, y que justo este instante es el único que nos pertenece.

Ser conscientes de la frugalidad de nuestra vida y sus afectos puede llevarnos por caminos totalmente opuestos, o bien  a un agujero negro que solo absorberá nuestra energía positiva, o por el contrario sentirnos liberados  al saber que nada podemos hacer ante los imprevistos que han de llegar del exterior.

No esperar nada de mañana, respirar este momento y amarlo como si no hubiera otra cosa más importante y prioritaria que esto.

Al final, después de tantos tropiezos personales, he logrado entender que mis aspiraciones no siempre me hicieron feliz y debo aceptar que la propia vida está esperando a que le entregue otra versión diferente a la que ya fui.

El pasado ya no volverá ni falta que hace, porque yo, ya no estoy allí

La alegría o sus síntomas solo están en nosotros y desde la forma en que interactuamos en nuestras relaciones con los demás. Quizás esto sea un tremendo tópico, pero creo que no hay nada más cierto.

Compartir, experimentar la vida con aquellos que por un motivo u otro se cruzan en nuestro camino, debería ser un máximo exponente de bienestar interior, aunque a veces el maldito ego se obstine en obviarlo.

Cuando esto sucede, vuelvo a mi caparazón anhelando mi antigua zona de confort. Mi yo interior  se da tanta pena a si mismo, que resulta agobiante oírlo sentirse el ombligo del mundo. 

Porque las cosas no son ni suceden como yo quiero.

¿Sabéis? La vida son dos días y uno ya pasó para mí como si fuera ayer cuando aún era una niña. Ahora necesito vivir el segundo en  la plena madurez de mi presente. 
Mañana quién sabe lo que me deparará el destino o yo misma.

No existen  príncipes ni princesas azules, (no han existido nunca) ni hadas fantásticas que nos toman de la mano para rescatarnos y hacer realidad nuestros deseos.

Estos personajes afortunadamente solo se encuentran en la ficción. 

Nosotros, por si mismos, ya somos fantásticos, fuertes y capaces de conseguir nuestros propósitos. Vivir una vida sencilla y potenciar nuestros valores en la pequeña parcela que nos tocó habitar junto a otros, es el cuento más bonito y real que podemos experimentar.

Este es mi pensamiento sin una doble vertiente, esto es realmente lo que quiero decir sin pensar a su vez en qué pensará aquel que lo lea. Porque ni puedo ni quiero controlar lo que piensas, porque no me debe preocupar esto cuando escribo.











domingo, 10 de septiembre de 2017

Quizás algún día.


Descubres que al amor también le gusta suicidarse desde la cumbre de un anhelo.

Que cuando éste aparece, te persigue y te eleva hasta lo más alto para hacerte sentir el vértigo de la felicidad bajo tus pies, entonces y solo entonces,adviertes  que no llevas ningún freno de mano para el corazón en caso de emergencia, pero sucede que las vistas son tan espectaculares que no temes despeñarte sin remedio.

Lo único que deseas es mirarte en sus ojos desde tu yo más profundo, allí donde las palabras no alcanzan. Nada puede detener entonces esa “quimera palpable" que resulta ser el bálsamo idóneo para tus heridas.

Hasta que la vida,  una vez  más,te devuelve a su escala de grises sin ambages y 
concluyes entre tus escasas certezas, que la cobardía es compañera eterna de la nostalgia y que no podrás dar ni un solo paso hacia adelante mientras no encierres tus miedos en una jaula con mil candados y tires  las llaves al fondo de lo que fuiste.


Quizás algún día.



domingo, 27 de agosto de 2017

Mi círculo de buena gente.





¿Ves? Siempre hay buena gente por todas partes". Eso me dices a raíz de un comentario que te hago  y no puedo estar más de acuerdo contigo.

La experiencia de la vida y lo que esta nos muestra de vez en cuando, nos lleva demasiadas veces a la decepción, nos arranca la inocencia a trocitos cuando comprobamos que no todas las personas merecen el mismo respeto, que el mundo no funciona como debería en gran medida, por no decir toda, debido a  muchos de los que estamos aquí.

Que siempre ha sido así, es verdad, y que en cuestión de fanatismos, avidez de poder o ego reconcentrado, siempre ha habido malas personas y que, desgraciadamente, a lo largo de los años, nuestra genética, no ha mutado en un sentido favorable cuando hablamos de sentimientos tan negativos como el odio, la envidia, o la crueldad por citar algunos de ellos.

Pero no quiero generalizar ni hablar de estas personas porque bastante tenemos con soportarlas y padecerlas con sus actos. Hoy quiero escribir y dar las gracias a toda la “buena gente” con la que me fui encontrando en el camino.

No creo necesario dar nombres pero espero que algunos de los que cito se reconozcan porque me gustaría que supieran que cada uno de ellos en su momento me dio todo lo que tenía o podía darme, no se puede pedir más, ¿no?

Por eso, doy las gracias al escritor que un día me animó a escribir frente al teclado y corrigió textos y poemas con la paciencia del mejor profesor que nunca pude tener. Siempre confió mí y me demostró que se puede, si uno desea algo con pasión, siempre se puede.

También a una de las mejores poetas que he leído y que utiliza un seudónimo especial, mujer fiel a sus principios y siempre al lado de los suyos guste o no guste a quién lo observa desde afuera.


A todos mis compañeros de poesía que me hicieron sentir una más en mi familia virtual poética y que me han dado tantas satisfacciones estos últimos tres años desde que los conocí.

Al genio de la lámpara y del whisky que no deja de escribir textos o poemas de amor inmensos que llegan al corazón y al que estimo como alguien de los míos, pues a pesar de no conocerlo personalmente, lo conozco desde su interior,solo hace falta leerlo asiduamente.

A la doctora y poeta a la que no solo  define su fortaleza, sino su gran sensibilidad y que siempre estuvo detrás de mis poemas y en momentos muy complicados de mi vida para aconsejarme desde el cariño.

A mi par de cubanos favoritos, dos grandes artistas que siempre me dieron todo su afecto y a los que siempre llevaré en mi corazón.

A mi querida amiga argentina con descendencia italiana  y con la que, a pesar de la distancia, siempre tuve unos lazos especiales de ternura por su sensibilidad y empatía hacia los demás.

Al gran poeta y amigo por encima de todo, que siempre ha estado ahí, en las buenas y en las malas, mi alma gemela como él suele decir. Somos hasta del mismo equipo de fútbol… Y si, lo sé, me quieres mucho y me deseas lo mejor, tanto como yo a ti.

Al amigo recién llegado con su sombrero canario en la foto de su perfil y que lleva un 2017 demasiado duro, pero que me consta lo superará, porque es uno más del círculo de la buena gente que pulula por el mundo.

A mi compañera de trabajo, la que día tras día ha estado ahí para darme ese abrazo necesario y que nunca habla demasiado, pero ha sufrido conmigo mi dolor. Sé que siempre puedo contar con ella.

A mi gran amigo y confidente, tan crucial en la decisión que tomé la noche más triste de mi vida y que llegó de forma casual para soportar mis bajones y  darme una regañina cuando la necesité. Consiguió también hacerme sonreír en los momentos más tristes.

A su pareja y creo que  ahora también amiga, que está demostrando ser una mujer de talla extraordinaria en su forma de relacionarse y ayudar a los demás con una sonrisa de felicidad permanente en  su boca.

A dos de mis primos, hombre y mujer, por soportarme estos meses más de lo habitual, por quererme tanto a pesar de no haber hecho nada que lo justifique.

A mi gran amiga de la infancia y a la que después de unos años en que estuvimos algo “extraviadas” he recuperado en el momento más importante de mi vida con el mismo amor que siempre disfrutamos.

Y por último a ti, al regalo sorpresa que llegó  en un intermedio inusual de mis múltiples ráfagas de tristeza, el hombre que me enamora cada día por su inmensa generosidad cuando  trata de llegar a mí.

Tú y solo tú, intentas enseñarme a escoger desde mi propia libertad personal lo mejor para mí, a ser yo en mi identidad y  desde mi propio respeto. Consigues que confíe y crezca en mis ojos desde los tuyos.


Todos tenemos un círculo de buena gente a nuestro alrededor y solo por eso,  vivir plenamente merece la pena. ¿No creéis?













domingo, 6 de agosto de 2017

Desde el impulso.















Es llegar al poema desde el impulso del dolor 
que brota más allá de la palabra y se estrella en la piel 
desmembrada e incrédula en su yo más profundo.

Padecer esta guerra sin nombre que me asola
 desde el remordimiento que transita mi voz
 y me exige justicia.

Dejar partir lo inevitable mirándolo de frente, 
una vez más sin miedo a ser lo que deseo
 desde mis pérdidas .


Perdonar las paupérrimas versiones
  que asoman por instantes 
doblegando mi alegría en pedazos.


Adicta a mis adentros,
 peregrino buscando certidumbres
 que iluminen tanto camino inhóspito 
como queda aún por recorrer.


domingo, 23 de julio de 2017

Recuerdos que asoman.

















Antes de iniciar el viaje a Londres decidí que escribiría una especie de diario para anotar todo aquello que creyera que no debería olvidar jamás.

Los dos primeros días fui anotando en el móvil una especie de notas que me sirvieran a la hora de escribir en el blog, pero el tercer día estaba tan inmersa en la ciudad y sus diferentes espacios, que me había olvidado de ir tomando apuntes o no me apetecía hacerlo al volver al piso por la noche.

Desde mi vuelta a casa he estado pensando en escribir sobre el viaje, todo está ahora muy reciente en mi memoria y cientos de fotos me llevan a cada instante o conversación vividos.

Aún así he decidido no hacerlo como tenía previsto. Gerardo, un amigo,  me dejó una reflexión en la anterior entrada del blog de la que extraigo este trocito suyo a raíz de el debate sobre escribir aquello que nos sucede.

“Se trata de capturar el instante, que de otro modo es imposible de preservar. Incluso las grabaciones de video, las ves tiempo después y hay como un halo de extrañeza. En cambio, lo escrito parece que consigue captar mejor un estado de ánimo. Hace no mucho, eso sí, me invadió cierta duda: ¿y si al escribir esas vivencias anulo el recuerdo de las mismas?”

Estos pensamientos en voz alta de Gerardo me hicieron ver que lo que yo quiero a la hora de escribir mis vivencias de cualquier tipo es contar los diferentes estados de ánimo que me acompañan en cada momento.

Este blog no va de viajes o sitios interesantes para viajar, sino que es un espacio donde escribo aquello que  me apetece contar y dejar escrito porque la mayoría de las  veces me sirve de introspección o de catarsis personal.

 Así que he decidido ir escribiendo sobre el viaje de aquellos recuerdos o sensaciones a los que éste me llevó, sin explicar detalladamente qué monumentos vi o qué lugares visité si no me apetece hacerlo o creo que no es lo más importante a recordar para mí.

 Salida desde Madrid hacia Londres con llegada prevista sobre las 14´30:

Llegamos con algo más de tiempo del previsto al aeropuerto porque Eduardo no ha salido a mí, tan impuntual siempre, y como no se fía, desde por la mañana me lleva a toda prisa de tren en tren y no se queda tranquilo hasta vernos en la sala de embarque.

Justo antes de pasar por esta, la memoria, otra vez tan selectiva, me retrotrae a un año atrás, un  viaje a París junto a su padre.

En el aeropuerto francés éste dejó su reloj en la bandeja donde se dejan todos los enseres antes de pasar el control de seguridad y al ir a recogerlo, observó que  no estaba allí  y se lo hizo saber a los controladores del aeropuerto, éstos, incrédulos, le decían que quizás se lo había dejado en otro sitio, pero él insistía en  que se lo habían perdido allí.

Íbamos bien de tiempo y al verlo tan convencido nos hicieron esperar amablemente mientras nos explicaban en inglés (no sabían hablar español  en un aeropuerto internacional) que mirarían por las cámaras, que todo estaba grabado y se vería si el reloj finalmente iba en las bandejas.

Al ver las grabaciones comprobaron que   este, si que pasó el escáner, pero inexplicablemente había caído al suelo y una de las trabajadoras por lo visto lo había guardado en un sitio diferente al que suelen guardar los objetos extraviados.

Nosotros no parábamos de reír, porque el encargado se puso nervioso y buscaba por todas partes volviendo una y otra vez sobre los mismos cajones mientras daba puñetazos en el mostrador desde donde controlaba todo.

El reloj no tenía un gran valor económico, pero no le agradaba nada que se lo hubieran perdido.

Finalmente, después de casi una hora, la señora que lo había recogido fue localizada y al preguntarle, fue directamente donde lo había dejado. Nos pidieron excusas nuevamente y nosotros nos esforzábamos para no sonreír al verlos tan apurados con la pérdida de un objeto de tan poca importancia.

Recordando esta anécdota de mi viaje a París y justo antes de coger el vuelo hacia Londres con mi hijo, tuve que contenerme para no desbordarme en un momento inesperado de vacío y tristeza.

En esos instantes, sentí que había perdido a alguien definitivamente y una parte de mí se desgarró ante una muerte inexistente, pero real en el espacio vital en que me muevo desde que decidí seguir sola mi camino.





jueves, 29 de junio de 2017

Instinto de supervivencia.




























A veces la nostalgia se acerca a visitarme
y en el silencio inútil que silencia,
se apropia sin permiso de mi almohada
anhelando futuros que nunca han de venir
porque ya se incendiaron sus presentes.

Lo que ignora el puñal cuando hurga en mi dolor
es que la vida me pretende, ilusa,
se afana en dominar mis precipicios
y guarda para mí paisajes de colinas
con valles donde caminar de nuevo.

Desde el amanecer, cultiva mis espacios,
con semillas de amor repara mis heridas
y disculpa mis guerras con el firme propósito
de dibujar sonrisas en mi boca.

Me toma de la mano y me levanta
como siempre, dispuesta y sin juzgar
me conduce al lugar de la ternura
por sus calles repletas de comienzos.

Me niego a repetir historias con finales,
despedidas que matan lentamente
arrancando pedazos de inocencia.

Solo atiendo a los gestos que procuran
amarme desde adentro de mis ojos.




domingo, 28 de mayo de 2017

Desde tu balcón.



Nunca reparé en mi miedo a las alturas, solo quería volar hacia algún lugar donde no habitara el desamor. Un paisaje sin nombre lejos de miradas indiferentes repletas de grises.

Me hice la valiente para dar un paso adelante y escribí un the end a esta historia interminable que terminó siendo estéril por falta de cuidados.

A veces, si se me ocurre mirar hacia atrás en un gesto involuntario de nostalgia, puedo recordar lo mejor de lo que fuimos desde la ausencia del rencor, entonces, los vértigos me asaltan inconscientes aún, porque ya no estás en el calendario de mis espacios y lamento profundamente que nuestra historia se diluyera por culpa del viento del odio entre nosotros.

¿Cómo he de dejar de amarte alguna vez a pesar de no volver a amarte nunca más como entonces? Cómo borrar un pasado que nos pertenece pero que nunca más volverá a conjugar presentes o futuros con nosotros?

No resulta fácil cerrar puertas a sitios donde nuestro corazón se niega a volver pero que nos protegían de la incertidumbre del mañana. No es sencillo dejar la única vida que me atreví a vivir hasta ahora para volver a reinventarme.

Y desde tu balcón, que me ofrece la misma luz que me trajiste, contemplo con lágrimas involuntarias a mirlos y gorriones batiendo el vuelo en la inmensidad de su armonía, mientras tú, duermes el sueño de la felicidad que nos protege.


jueves, 18 de mayo de 2017

Para ti.




















Mil motivos te piensan cada día 

aunando mis palabras desarmadas
para ti.



Y solo se me ocurren 
presentes a tu lado que anhelan 
con vehemencia tu piel
y los besos vitalicios donde se refugian 

mis inseguridades.

Y mi voz me repite que te extraña
en un punto impreciso de locura
ausente  de argumentos
para hacerte saber
lo mucho que te quiere.


miércoles, 10 de mayo de 2017

Creía.

Creía que la vida ya me había enseñado todo lo que debía aprender, y en silencio, albergaba una sensación de derrota continua en mis espacios. 

Pensaba, que ya había hecho tarde a aquellos sueños o metas que dejé por realizar al haber elegido ya mi camino.

Sin embargo, después de atravesar   un paraje oscuro y árido en el que la soledad y mis lágrimas fueron las únicas compañeras, descubro, que ningún futuro está escrito por los hombres.


Comienzo a creer que los milagros existen por encima de cualquier religión. 

Porque apareciste por arte de birlibirloque en un día de mis muchos días imprecisos y sin colores, es que comencé a creer en la magia.


 No traes  folleto adjunto que me avise de  tus efectos secundarios y temo, que quizás hayas llegado demasiado pronto a esta isla perdida y sin estrellas en la que todavía me encuentro.

 No tenía prevista tu llegada amor, pero estás siendo mi brújula perfecta.

Y ahora, desde que te conozco, es cuando encuentro que mi biografía tiene aún muchas páginas sin completar y que una nueva vida comienza  lejos de la que ya fue. 


Me dices continuamente  que me quieres y a veces callo, pero te confieso, que muchas otras, quisiera responderte con un verso que hable de nosotros,como hablan  los poemas de amor a sus amantes, o una canción  que te escriba y nos describa para tararearla  cada vez que pienso en ti.

Porque solo se me ocurre besarte sin pausas, y anhelo que cada momento a tu lado se convierta en parte de un infinito donde nuestras ganas de amarnos nunca descansen, es que comienzo a creer que tus ojos son mañanas de esperanzas por venir en los míos.




viernes, 14 de abril de 2017

Treinta años.


Treinta años, solo dos palabras para abarcar todo lo que fuimos y que contienen una historia que llegó a su final.

No es sencillo tomar la decisión y sentir que esta vez será la definitiva, que ya no puedo permitir que me vuelvas a tratar desde el poder que otorga el miedo. 

Lo sabías, sabías de esta herida que sangraba en silencio cada vez que hundías tu dedo en ella. Sabías que no era feliz, pero no querías verlo. 

La culpa siempre era de otros o de mi cabeza. Porque tú-eso decías -me amabas. Aún, desde las amenazas que me sigues haciendo llegar, dices que me quieres y yo no entiendo esa clase de amor, no lo entiendo... 

Creo que para ti fui más bien un jarrón bonito que sentiste de tu pertenencia, y que ahora, al quitártelo de las manos, prefieres romper contra el suelo en mil pedazos a que luzca en ninguna otra parte.

No amor, no pude perdonarte más. Me hiciste creer que era normal amar así, que la culpa de toda tu ira era solo porque yo la provocaba, porque no sabía callarme.

Me explicabas, me explicas aún, que nunca sentiste ni sientes en tu corazón todas las cosas desagradables que me decías, como hija de puta o que me ibas a matar.

 Decías que tus amenazabas e insultos siempre eran parte de un momento desesperado y provocado por mí.

Causabas dolor y luego volvías como un niño arrepentido y amoroso diciendo lo mucho que me querías. Lo peor de todo es porqué disculpé siempre ese comportamiento tuyo hacia mí.

Probablemente, soy tan orgullosa, que no podía admitir que un hombre me tratara así sin que  fuera en parte culpa mía. Yo sola,  podría conseguir que todo funcionara entre nosotros, que mi familia fuera una familia feliz.El truco consistía en perdonar siempre y es verdad que ésto funcionaba. Durante meses, después de una discusión intensa, eras el hombre más maravilloso del mundo. La pareja perfecta hasta el próximo desencuentro.

Ahora, aún te justifico de  forma inconsciente y creo que  eres un hombre impulsivo y enfermo en tus reacciones. Como si eso fuera la única excusa posible que me queda para entenderte y perdonarte.

Porque te amaba, te amé mucho, amor. Tanto, que sin darme cuenta me he pasado treinta años de mi vida luchando por nuestra historia y solo quiero mirar hacia atrás para agradecer todo lo bueno que me has dado y que es lo más importante de mi vida, unos hijos maravillosos a los que ambos protegimos de tanta ira y desamor.

 Con ellos sí que supiste ser la mejor persona que hay dentro de ti.

Por eso, solo por eso, nunca podré odiarte ni dejar de quererte a pesar de mi decisión de no proseguir más mi camino a tu lado. Ojalá y el tiempo, pueda cicatrizar todas las heridas, y que en nuestro corazón solo permanezcan los flashes de un amor que mereció la pena. 

Treinta años, ya ves, demasiada vida  resumida solo en dos palabras.



















martes, 4 de abril de 2017

Solo sé.





















No sé si el desamor fue demasiado tiempo
una sombra alargada que no me dejó a solas
extinguiendo las fotos de un álbum en que fui protagonista.

No sé si es que dejé de creer en el hombre como tal
capaz de aniquilar su propio campo
de amapolas.

Solo sé que la vida no me odia después de todo,
y que espera, paciente, a que descubra
la bondad de unos ojos aún sin estrenar
dibujando en los míos reflejos de esperanzas.

Solo sé que has llegado, imprevisible,
y en forma de regalo inacabable
si observo tu mirada,
porque es imposible no amar todo el amor
que emerge de tus ganas de vivirme.



lunes, 13 de marzo de 2017

Hambrienta










Contemplo la felicidad
desde la luz hambrienta de mis ojos,
ruidosa y puritana,
la observo en la sonrisa
de aquellos que se buscan y se encuentran.

Anhelo su presencia llenando mis espacios,
y la sueño sin pausa y por defecto
en esta oscuridad inamovible
que me atrapa las ganas de quererme.

Sola en mi soledad, me traspasa tu ausencia
en un duelo desnudo de esperanzas
y de besos sin labios que besar.

No hay consuelo para mi desconsuelo
porque ya no me quema ni la culpa
al obviar éste amor que nunca fue
lo suficiente.



martes, 7 de marzo de 2017

Impulsos.


Estoy absolutamente convencida de que mi forma de escribir no se asemeja ni siquiera a la de un aprendiz de escritor. 

Salvo raras ocasiones, lo que a mí me gusta es darle a las teclas de forma atropellada, permitir, que las emociones que me atrapan en ese instante se diluyan en el texto. No busco palabras o citas propias que expresadas de una forma especial puedan llegar a quién pueda leerme, no lo hago, supongo que es una especie de hedonismo incontrolable escribir de esta manera.

Y sé, que cuando siento así, no puedo postergar lo que quiero decir para la próxima ocasión, porque entonces, el pudor me obligará a ser más correcta a la hora de plasmar mis sentimientos.

Por eso, a pesar de que no debería estar perdiendo el tiempo con unas líneas que no conducen a ninguna parte; necesito intentar ver desde afuera a la mujer que escribe, averiguar sus múltiples contradicciones e intentar entenderla.

Confieso y asumo que estos días no hallo una solución estable a mi vida por más fórmulas inimaginables que haya podido replantearme. Quito de aquí, pongo de allá y las cuentas siguen sin salir. Al final, llego a la conclusión de que por más que intente recomponer mi mapa y su futuro, éste no depende totalmente de mí.

Puedo  tomar decisiones, pero no puedo gobernar en mis sentimientos. No puedo sentir lo que otro quiere que sienta. Es una realidad cruel, lo sé, y a veces toca ser la mala de la película aunque sepas que  no fue exactamente así.

Y  siendo consciente del dolor que causo y me provoco, ayer firmé un documento de dos páginas redactado y leído por una abogada a la que no era capaz de escuchar embargada  como estaba en una inmensa tristeza. Ayer, cerré el proyecto de una vida en común  de veinticinco años con los ojos cubiertos de lágrimas y un abrazo de despedida.

Si pudiera saber dependiendo de la elección del camino a elegir, qué es lo que éste me deparará, todo sería más fácil. Pero, ¿y si resulta que me equivoqué? Y si lo hubiera intentado una vez más?


 Un propósito imposible, porque a pesar de esta soledad que me acompaña y me grita como el eco de un miembro amputado retorciéndose en su dolor, el pasado no es tangible y solo permanece en nuestra memoria.

¡Sería tan fácil perdonar y olvidar! ¿Por qué no lo hice? Por qué mi corazón se volvió tan duro?


Apostar al futuro sin saber las cartas de las que dispones es una locura. Retirarse del juego por miedo a perder la partida es de cobardes.


¿Pero, quién dijo que yo fuera valiente?

La decisión de seguir adelante solo depende de mí y debo asumir las consecuencias, ninguna buena de momento, puedo asegurarlo.



lunes, 27 de febrero de 2017

Suspicacias.

Se acercó sin ningún tipo de ambages para preguntarme como me encontraba, le habían dicho que me había separado y no podía creérselo. “Os veía un modelo de pareja perfecta” me dijo.

En el momento de oír esta frase comencé a preguntarme cuántas veces habíamos hablado de una forma más íntima con esta persona para que ella tuviera esa opinión sobre mi relación. La respuesta fue un par de ellas y no más…


Es sorprendente como clasificamos a las personas solo por las apariencias sin tener más datos que puedan confirmar nuestras opiniones.

Yo, que suelo ser de carácter extrovertido y cálido en las distancias cortas, siempre he procurado huir de cualquier círculo social donde se dedican a hablar de la vida de los demás, como si no tuviéramos bastante con nuestros propios problemas...

Desafortunadamente, lo que más detestas, llega y te pone a prueba de una forma descarada al constatar, que, de un tiempo a esta parte, he entrado a formar parte de la exclusiva más novedosa en el apartado de culebrones de mi barrio y mi entorno.

El primer mes de la ruptura de la relación, solo tú amigos más íntimos lo saben, pero es increíble la utilidad que tiene ese: “no se lo digas a nadie” para que en pocos días, el secreto más secreto, termine extendiéndose como una plaga y que la versión con la que comenzó, fiable o nada fiable, tras varios intercambios orales, termine mutando en una historia diferente en la que no me reconozco.

A muchas, muchísimas personas, les gusta el morbo y las miserias de los demás, no nos engañemos. Si no les queda claro tu fracaso,  lo indagan o  lo inventan, y si no consiguen hallar respuestas, no tienen ningún tipo de pudor en acercarse a ti con cara de estar dándote  el pésame para  preguntarte hurgando en una herida que todavía sangra a borbotones.

Quieren y necesitan carroña para la conversación a la hora del café con las amigas, la adrenalina se les disparará mientras divagan excitadas sobre que pudo motivar una separación después de veinticinco años. 


“Seguro que hay cuernos” apunta una del grupo que dice que no sabe por parte de quien, pero:" ¿qué otra cosa va a ser?" La que está junto a ella  dispara al aire y conjetura que si ha sido por problemas de caracteres: ¿por qué han esperado veinticinco años para separarse?

Lo peor de todo es que estas suspicacias puedan llegar a salpicar a los que más quieres y te quieren, esto si que genera un sentimiento de impotencia y desprecio hacia aquellas personas tan pobres de amor que necesitan alimentarse de la vida de los demás para olvidar el tedio y las desgracias de sus propias vidas.








jueves, 23 de febrero de 2017

Volar

















Siempre supiste que no tengo precio,
que si hablamos de amor, me gusta regalarme
por cuestión de principios.

No quiero ser de nadie que no sea yo misma.

Por eso te rebelas,
sientes que te has perdido por perderme,
porque logré volar sin alas
una noche de lluvia en mis espejos.

Y el eco de tu voz se sostuvo en el aire
para llamarme loca en tu locura,
cuando sola, completamente sola,
deserté de tu ira
y mi fragilidad.




miércoles, 8 de febrero de 2017

Amigos.


Un día alguien me dijo que los amigos como tal, realmente no existían y que el sentido de la palabra amistad era una auténtica farsa a la vez que un mecanismo de supervivencia donde dos personas se utilizaban en beneficio propio.

Nunca compartí esa opinión y la experiencia me ha demostrado que a pesar de equivocarme alguna que otra vez en mis elecciones, fueron muchas más las ocasiones en  que acerté y donde supe ver en “el otro” los gestos necesarios de aquellos a los que hoy considero mis amigos.

Hay algunos que llegan y contra todo pronóstico solo permanecen el tiempo necesario en nuestra vida. Nos acompañan  una parte del camino porque debe de ser así aunque nos cueste aceptarlo y entenderlo.

Están los amigos de la niñez que un día se marcharon de nuestro paisaje pero que volvieron con el pelo blanco y la frente marcada de  arrugas para recuperar lo mejor de aquello que fuimos.

También están los que jamás habríamos vaticinado como posibles, pero que nos siembran de afectos imborrables el alma.

Os confieso que aunque siempre fuisteis imprescindibles, nunca os necesité tanto como ahora y que no hay día que no me sorprenda vuestra cercanía, tanto, que me pregunto si yo me habría comportado de igual forma con vosotros.

Ante esta duda, la   respuesta  llega sola con un cariño unánime y cálido por vuestra parte.

GRACIAS POR EXISTIR AMIGOS.



miércoles, 11 de enero de 2017

Los niños y el miedo.



Cuando era pequeña mi padre solía mandarme por la noche con algún recado al patio trasero de la casa. No le importaba que tuviera miedo. Cuando le expresaba ese temor me decía: ¿miedo de qué, a qué tienes miedo? El miedo no existe. Y con esa respuesta se daba por satisfecho.

No entendía que en mi imaginación aún pululaba algún resto de los cuentos que éste me contaba cada noche sobre monstruos que se convertían en hadas para engañar a los niños y llevárselos a su castillo donde un guardián vigilaba que no pudieran escapar porque si lo intentaban, este podía convertirlos  en cualquier clase de animal para la eternidad.

Los cuentos de mi padre casi nunca tenían un final feliz, supongo que no le divertía contarlos como lo haría Walt Disney. 

Estos temores eran inocentes y transitorios, nunca fueron más allá de la imaginación. Los miedos reales no solo se piensan, sino que, por desgracia, llegamos a sentirlos profundamente.

El curso de tercero de EGB comenzó con una novedad más añadida al cambio  de aula y esa fue la llegada al colegio de un nuevo profesor al que ninguno de nosotros conocíamos y que se llamaba Rafael, aunque para los niños iba incluido el don a la hora de nombrarlo.

Han pasado ya cuatro décadas y aún recuerdo sus grandes ojos oscuros en esa piel dorada por el mar y que tan poco se veía entonces por nuestra zona. Nos dijo a todos, niños y profesorado, que además de maestro, había sido Capitán de la Marina en su anterior trabajo. La verdad es que  no entendíamos que hacía un marino en un pueblecito perdido de la llanura manchega. 

Los primeros días comenzó a organizar la clase de una forma un tanto especial. De diez a una del mediodía se colocaba de pie delante de la pizarra a contar sus batallitas hasta la hora del recreo; después nos llamaba a su mesa para que le enseñáramos la tarea del día anterior. 

Siempre iban las chicas primero, y a las que llevábamos falda nos introducía disimuladamente su mano por debajo de ésta para tocarnos las nalgas. Creo recordar que únicamente me pasó una vez porque después ya solo quise ir con pantalones al colegio. 

Por la tarde, de tres a cinco, nos ordenaba leer en voz alta mientras tomaba el café que las chicas previamente elegidas por él le habían preparado (siempre escogía a las más desarrolladas físicamente) en un cuartito pequeño justo antes de entrar a la clase donde él también tenía su aseo particular.

Solía dormir la siesta justo después apoyando sus pies sobre lo alto de la  mesa y roncaba con fruición. Si despertaba y nos pillaba hablando, ordenaba a nuestro compañero de pupitre que nos pellizcara fuertemente las mejillas con ambas manos en forma de péndulo ondulante al menos treinta veces. 

Esto lo hicimos bien la primera vez, pero  luego decidimos aliarnos para evitar el castigo y fingíamos el movimiento de nuestra cabeza acompasado con el encargado de zarandeárnosla.

Cada día nos gritaba por algún motivo, pero no recuerdo qué es lo que hacíamos exactamente para enfadarlo de esa manera.

Una vez nos mandó hacer un mural en cartulina donde debíamos dibujar las diferentes provincias de la Península, nos dijo que quién no llevara el trabajo hecho al día siguiente sería castigado y yo, que era una mala dibujante llegué a casa muy preocupada, tanto, que mi madre que jamás me había ayudado con las tareas del colegio esa tarde se decidió a echarme una mano al ver mi estado de ansiedad. 

Después de mi empeño en terminar el ejercicio, D. Rafael se olvidó de recoger los trabajos y decidí que ya que tanto me había esforzado se lo enseñaría aunque no me lo hubiera pedido. Lo cogió, lo extendió sobre la mesa y, sin apenas mirarlo siquiera un segundo,  me dijo: "Esto es una guarrada” 

Otro día, uno en  que había llovido mucho y el patio de recreo estaba embarrado, pisé sin querer el calcetín blanco de una de sus niñas favoritas, la cual fue a quejarse llorando al profesor y él me mandó llamar para después quedarse a solas conmigo. 

Me preguntó: ¿has sido tú la que pisaste el calcetín a Lucía? Le dije que sí asintiendo con un gesto positivo de mi cabeza, pero no tuve tiempo a decir nada más. Me soltó el mayor bofetón de mi vida y no puede evitar hacerme pis encima. 

Ese día supe lo que era tener miedo real, no el de los monstruos convertidos en hadas.

El señor D. Rafael tenía tanto cariño a sus chicas,  en especial a dos de ellas, que no solo las favorecía en clase, sino que iba a visitarlas a su casa, sobre todo a María, la que era de condición más humilde. Ésta vivía tres calles más abajo de la mía. Allí se presentaba él para hablarles a sus padres de lo estupenda que era su hija, de lo contento que estaba con ella.

Un día mientras jugaba con María en  su casa, llegó el profesor de visita y decidí irme inmediatamente excusando que era muy tarde y mis padres me estaban esperando. 

Él, al escucharme, me dijo:” no te preocupes si yo me voy enseguida y te acerco con el coche a tu casa” .No sé cuál sería la expresión de mi rostro en esos instantes, pero si sé que advertí el peligro de una forma inminente, con lo que,en un descuido de su grandiosa y manipuladora oratoria, salí de esa casa veloz como un rayo y eché a correr hacia la mía sin parar hasta que llegué y logré sentirme a salvo. No pude dormir esa noche pensando en lo que me diría al día siguiente, por supuesto -y afortunadamente-  ni se acordó.

Tuve suerte, después de todo. A las pocas semanas llegó el desastre. Intentó abusar de la chica a la que yo había pisado el calcetín en el patio de recreo. 

No supimos hasta donde llegó exactamente, pero al día siguiente ya no apareció por clase. La familia de Lucía le puso una denuncia y entonces  salieron a relucir fragmentos de su turbio pasado, pequeños abusos que habían quedado en nada porque, por lo visto no llegaba a consumar su delito.

Lo más triste es que -después de recuperarnos y superar este trauma sin ningún tipo de ayuda psicológica (al menos yo)  porque creo que nos bastó con tener el curso siguiente a la mejor profesora del mundo- a este loco se le ocurrió volver a visitarnos cuatro años después, vestido con un uniforme de la marina y   de blanco impoluto, por supuesto.

La chica de la que quiso abusar, al verlo de nuevo corrió hasta los baños del colegio y se encerró  llorando en un estado de ansiedad inevitable; el resto de la clase llamamos a los profesores para avisarles de que D. Rafael había venido a vernos. Éstos actuaron rápidamente y amenazaron con llamar a la policía si no se iba de inmediato. Se largó y afortunadamente nunca más volvimos a verlo. 

Lo  más lamentable, es que después de cuarenta años de esta historia que acabo de relatar sin añadir ni un ápice de dramatismo, todavía, al escuchar cualquier noticiario, puedo comprobar como los niños siguen siendo el eslabón más débil de nuestra cadena. Siguen siendo los  más manipulados y  desprotegidos frente a todo tipo de malvados que a veces si que logran introducir  la huella del miedo y el horror en sus ojos para siempre.