Érase una vez una mujer
que se marchó de mí,
una mujer que al observar sus manos
las encontró vacías
y se fue para siempre aquella noche.
Desde entonces,
el alma viaja sin trayecto
en este éste amor envenenado
donde puedo oler la desgracia
por lo que fuimos
y nunca más seremos.
No te amo,
aunque quizás no pueda
dejar de amarte nunca,
como un miembro fantasma
que se alimenta del dolor
en el que te has convertido.