Cada quince días, mis sentidos lograban rozar la inmensidad del cielo desde tu cama y el milagro de la ternura venía a visitarnos.
Me convertía en Cenicienta sin proponérmelo, solo tenía que escarbar en la profundidad de tu mirada.
Cada quince días, el tren siempre me conducía camino a la felicidad que anhelaba compartir contigo. Aún puedo sentir mi cuerpo volando en dirección a tus abrazos.
El tiempo y las tormentas del alma caducaron nuestra historia, y entonces, pude darme cuenta de que nunca fuiste capaz de apostar por mis ojos.