domingo, 14 de febrero de 2021

El cuarto oscuro.



















No sabía como hacerlo, o mejor dicho: no quería intentarlo. Se había asomado varias veces al cuarto oscuro, como ella solía llamarlo. Apenas podía entrar de lado en aquella pequeña habitación sin que algún sentimiento se le viniera encima o tropezara con los recuerdos que guardaba allí. Ignoraba si alguna vez tuvo una ventana o claraboya por donde pasara un resquicio de luz o aire.


Sabía que más pronto que tarde debía hacer limpieza en esa habitación, ya no cabía nada. La última vez que intentó guardar una despedida, no solo no pudo, sino que todas las anteriores estuvieron a punto de caerle encima y tuvo que cerrar apresuradamente la puerta evitando que las emociones no rodaran por la escalera.

Desde entonces estaba intranquila y no conseguía dormir bien. Pasaba el día de aquí para allá en los quehaceres que la vida le iba marcando, pero antes de acabar la jornada siempre hacía el propósito de dedicar el fin de semana próximo a organizar el cuarto.

Era más cómodo ignorar que esa habitación estaba allí y de aquella manera. Hasta que volvió a necesitar subir de nuevo y supo que había llegado el momento. No podía volver a meter nada más mientras no organizara todo el caos que ella misma fue dejando cada vez que cerraba algún pasado. Se puso el gorro anti-miedos, anudó lágrimas previsibles y se arremangó sus debilidades para hacer frente a tanta cobardía albergada en su corazón. Subió las escaleras de prisa, sin pensar demasiado. Había aprendido que aquel hábito paralizaba cualquier acción.

Abrió y se hizo a un lado evitando que lo amontonado tras la puerta no se la llevara por delante. Diversos sentimientos brotaron abruptamente: varios tipos de rencores, frustraciones e impulsos equivocados. Entró decidida por el pequeño espacio que había quedado tras la avalancha lanzando fuera insatisfacciones y anhelos perdidos en busca de la luz natural. Intuía que cuánto más avanzara en la limpieza, más fácil sería encontrar lo que buscaba, y así fue. Al mover el recuerdo más doloroso, vio emerger un punto de luz entremezclado con partículas de silencio.

A pesar del cansancio y el aire enviciado de victimismos se irguió y respiró profundo. Supo entonces que era verdad lo que alguna vez le habían dicho:

"Que nunca hay más finales que nuevos comienzos. Nuestra luz siempre está ahí, solo hay que procurar no taparla. "






domingo, 7 de febrero de 2021

Sé.













Sé que tengo el alma y el cuerpo enfermos, lo sé cuando me miro hacia adentro y solo alcanzo a ver episodios pasados que me conducen a una tristeza presente. Sin embargo, la sonrisa y el don de la palabra que todo lo juzga, permanecen en mí. Supongo que tengo suficiente orgullo para no mostrar mis miedos a cualquiera y mi muro de la desconfianza va creciendo como una planta venenosa para todo el que se acerca a admirar el color de mis hojas.

No alcanzo a ver con claridad que me pasa, todo está oscuro y enmarañado. No sé por donde tirar de la hebra para empezar a deshacer tanto nudo como me fue enredando el corazón. He dejado de tener sueños, metas por cumplir y lo más desmoralizador, esperanza. Descreo de mí y de la inocencia del hombre. Una vez que mi vida a llegado a su plenilunio, solo alcanzo a ver con claridad mis desperfectos, la mujer desastre en la que me he convertido.

Hace tiempo que no emerjo hacia arriba, que mis impulsos de vida son etéreos y apenas empiezo a palparlos, vuelven a esfumarse como una quimera. Voy en busca de una felicidad que se me resiste, siento que llevo mucho desierto andado y que no llegaré nunca a la fuente de mi paz.

Solo anhelo aprender de una vez, que las arrugas de mi frente comiencen a serme útiles. No quiero equivocarme tanto, no puedo fallar en cada nuevo intento de construirme. A pesar de esta oscuridad, sé que hay una guerrera en mí, muchas veces errada, pero que siempre lleva por estandarte la lucha por sus principios, la esencia de lo que realmente soy.