Sabía que más pronto que tarde debía hacer limpieza en esa habitación, ya no cabía nada. La última vez que intentó guardar una despedida, no solo no pudo, sino que todas las anteriores estuvieron a punto de caerle encima y tuvo que cerrar apresuradamente la puerta evitando que las emociones no rodaran por la escalera.
Desde entonces estaba intranquila y no conseguía dormir bien. Pasaba el día de aquí para allá en los quehaceres que la vida le iba marcando, pero antes de acabar la jornada siempre hacía el propósito de dedicar el fin de semana próximo a organizar el cuarto.
Era más cómodo ignorar que esa habitación estaba allí y de aquella manera. Hasta que volvió a necesitar subir de nuevo y supo que había llegado el momento. No podía volver a meter nada más mientras no organizara todo el caos que ella misma fue dejando cada vez que cerraba algún pasado. Se puso el gorro anti-miedos, anudó lágrimas previsibles y se arremangó sus debilidades para hacer frente a tanta cobardía albergada en su corazón. Subió las escaleras de prisa, sin pensar demasiado. Había aprendido que aquel hábito paralizaba cualquier acción.
Abrió y se hizo a un lado evitando que lo amontonado tras la puerta no se la llevara por delante. Diversos sentimientos brotaron abruptamente: varios tipos de rencores, frustraciones e impulsos equivocados. Entró decidida por el pequeño espacio que había quedado tras la avalancha lanzando fuera insatisfacciones y anhelos perdidos en busca de la luz natural. Intuía que cuánto más avanzara en la limpieza, más fácil sería encontrar lo que buscaba, y así fue. Al mover el recuerdo más doloroso, vio emerger un punto de luz entremezclado con partículas de silencio.
A pesar del cansancio y el aire enviciado de victimismos se irguió y respiró profundo. Supo entonces que era verdad lo que alguna vez le habían dicho:
"Que nunca hay más finales que nuevos comienzos. Nuestra luz siempre está ahí, solo hay que procurar no taparla. "