domingo, 13 de diciembre de 2020

Lo importante es que tiene solución.




















No estoy bien físicamente, llevo tiempo intuyendo que la colonoscopia no saldrá perfecta, pero después de todo, tampoco es nada grave. Como dice el doctor tan guapo que tengo, “lo importante es que tiene solución” y grabo esa frase en mi cabeza para repetirla a mi familia y mis amigos cuando pregunten.

Me explica que de ahora en adelante, cada dos meses, tendré que ir al hospital a ponerme un tratamiento biológico. “Las pastillas dejaron de ser efectivas” me dice. Me culpo en ese momento de haber vuelto a fumar durante un tiempo después de seis años “Lo he vuelto a dejar doctor” le digo, “ da igual, ahora da igual” me contesta. La enfermedad de Crohn está activa y no podemos esperar más.

Vale, no esperamos…

Las enfermeras salen y nos quedamos a solas, el doctor y yo, en una sala de pruebas especiales, un pequeño simulacro de quirófano helado que me cala los huesos. Escribe en su ordenador a la vez que me informa de todas las pruebas que van a practicarme antes de comenzar el nuevo tratamiento, y mientras le pregunto por los efectos secundarios, recuerdo a mi amiga M. José, recién separada y con un cáncer de pecho superado de momento...Pienso en cómo se tuvo que sentir cuando oyó un diagnóstico tan terrible.

Vuelvo a repetir en silencio la frase del doctor: ” lo importante es que tiene solución” y sé que no me engaña, porque me mira a los ojos fijamente cuando me lo dice.

Me voy a casa justo después de la prueba del hospital, no me encuentro bien y no se notará mi falta si no vuelvo a la oficina. Desde el covid apenas hay trabajo y solo hago de chica de los recados. Después de casi tres años estudiando para promocionar, todo quedó parado, así que cada día me levanto para ir a un trabajo en el que no trabajo.

Quedo con unas amigas, somos seis y cumplimos las normas, no nos dejamos hablar las unas a las otras, todas queremos ser protagonistas y contar, decimos lo que creemos que las demás quieren escuchar y de pronto, me siento fuera de lugar y deseo irme a casa cuanto antes. Cada vez me gustan menos las reuniones con mucha gente, está bien, quizás, pero me agota.

Y pienso, no puedo dejar de pensar, en las navidades tan duras de los últimos cuatro años, o en estas que ya están llegando, con una nueva pareja que vive a 200 kilómetros de casa, pero que se esfuerza para que no lo note demasiado. Este año cenará con mi familia pero aún así y aunque no me lo diga, tiene pánico a que volvamos a dejarlo como otras tantas veces desde que nos conocimos.


Y pienso en mi ex con el que me crucé por pura casualidad hace unos días y no pudimos dirigirnos ni un simple saludo después de 25 años de convivencia. Solo supo bajar la cabeza al verme.


Y pienso en el vecino de al lado, que ha fallecido con 70 años y con el que nunca crucé más de dos frases seguidas, pero estoy segura de que era un buen hombre y me ha dejado un poco más sola. Se murió el día de su cumpleaños, hay que tener suerte hasta para eso.

Y pienso en uno de los grupos de WhatsApp, donde hoy, llevan toda la tarde enviando fotos de árboles de Navidad a ver cual de ellos es el más bonito, e imágenes de como han decorado su hogar con motivos navideños. Con el mundo tan loco y trágico que están viviendo tantos seres humanos, mientras nosotros estemos a gustito y con las necesidades cubiertas...

Y pienso que no puedo más, que hay días o semanas, o navidades en las que no me aguanto ni yo, creo que ese es el mayor problema, la única alternativa que me queda es recurrir a la frase del doctor:

”Lo importante es que tiene solución”




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