A veces, me encuentro carente de identidad, sin saber muy bien quién soy o hacia dónde me dirijo. Siento que no tengo raíces que me sostengan y quizás por eso no entiendo de verdades absolutas. Tampoco creo en las promesas del para siempre, porque hoy, no soy la que fui ayer, como tampoco seré la de mañana. No sé si esto es acertado, pero he perdido tanto en mis guerras personales, que entiendo que da igual quién lleve la razón si eso me lleva al sufrimiento. Cuando me empeño en mi verdad, nunca gano. Será por eso que me gustan los locos que sonríen al mundo, abstraídos de normas, mientras otros clavan en ellos su mirada solo porque no son copias de su mismo "traje".
A pesar de mis perdidas, mientras escribo, también sobrevienen momentos de felicidad inmejorables. Y pienso en los amig@s, que siempre están ahí en el momento exacto, en mi perro y en mi gata, queriéndose más que los humanos y desterrando todos los tópicos posibles. Y en mi propia vida que no se detiene, y me empuja a vivirla mirándola de frente.
Intenté escapar de tus demonios y los míos buscando un presente en el que no habitara tu nombre.
Huí de lo que fuimos y la ventana de la incertidumbre comenzó a mostrarme sus paisajes desiertos y montones de pactos sin cumplir. La palabra insistía en viajar desde
tu boca hacia mis ojos
mas no podía verla ni tocarla, por lo que decidí llorar nuestros desastres en el silencio de la soledad.
Mis puertas se cerraron con candados y mil llaves de despedidas, pero el amor decide sin permiso y aunque busqué en otro andén
afectos de futuro,
siempre termino regresando a ti.
martes, 9 de octubre de 2018
La historia comenzó con dos orquídeas blancas y una caja de bombones.
La historia terminó con " eres una gilipollas y una retorcida"
Cada quince días, mis sentidos lograban rozar la inmensidad del cielo desde tu cama y el milagro de la ternura venía a visitarnos.
Me convertía en Cenicienta sin proponérmelo, solo tenía que escarbar en la profundidad de tu mirada.
Cada quince días, el tren siempre me conducía camino a la felicidad que anhelaba compartir contigo. Aún puedo sentir mi cuerpo volando en dirección a tus abrazos.
El tiempo y las tormentas del alma caducaron nuestra historia, yentonces, pude darme cuenta de que nunca fuiste capaz de apostar por mis ojos.
Hablar de nuestro amor en un poema es mostrar a la vida el milagro que sucede en nuestros ojos cuando éstos se indagan.
Escribir nuestra historia de continuos the end, es lanzarse a la noche más profunda sin nada que amortigüe esta sed por tu ausencia. Amar las cicatrices de nuestra piel, es retener en nuestras manos las caricias urgentes que se anhelan no vayan a quedarse dormidas en el mundo
de nunca más.
Permanecer en el silencio que otorgan nuestros cuerpos cuando se abrazan es la expresión rotunda de mi paz. Solamente por eso, al final siempre tú en mis espacios.
Personalmente
he tenido que llegar casi a los cincuenta para entender que no
siempre o mejor dicho, casi nunca, estamos predestinados a aquellas
cosas que nos suceden, que es posible intentar vivir al menos en la
forma que uno siente que debe hacerlo en su corazón y que la
mayoría de las veces no intentamos cambiar los motivos que nos provocan infelicidad por
cobardía o comodidad.
De hecho, normalizamos situaciones como la apatía o la tristeza cuando éstas
surgen de forma espontánea y las denominamos "pequeños
bajones" probablemente por no querer detenernos a pensar en la
raiz del problema, que no es otra que nuestras propias luchas
internas.
El 2017 y
comienzos del 2018 baten el record en mis anales biográficos como "horrible
months" y sin embargo, justo después de esta etapa, jamás me
vi anteriormente tan segura como ahora, ni con la paz interior de
estar haciendo lo que creo que debo hacer a pesar de los múltiples
contratiempos que siguen aparenciendo como parte inseparable del
propio acto de vivir.
No es fácil
escuchar a tu corazón ni tomar decisiones sabiendo que éstas
heriran a los demás por no seguir siendo lo que siempre fuiste para
ellos. No es fácil virar el rumbo de tu propia embarcarción en
contra del viento hacia un nuevo presente dejando al pasado anclado
en un pequeño rincón de nuestra memoria para que no se nos
olvide lo que hemos sido, de donde venimos y que es lo que no
queremos volver repetir.
Aunque tarde
y a veces a costa de golpes de sufrimiento inútiles, he comprendido
que ante todo debo amarme a mí misma, que no hay decisión más sabia
y que benefice más a los de mi alrededor, que elegir ser la primera
en la lista de mis afectos. Que solo cuando me amo y me perdono
aquello que no supe hacer mejor, es cuando consigo trasladar todo
ese amor que brota a los que quiero.
De ahí el
motivo de mi título, porque no sabemos cuando se nos presentará la
segunda, la tercera o la décima oportunidad, porque no se nos
avisa, es pura intuición y valentía elegir el cambio si creemos
que éste es necesario ó aprender la lección si son otros los que decidieron por nosotros.
Estos días por motivos físicos
sin demasiada importancia, me veo obligada a permanecer en casa semi-convalenciente por prescripción
médica. Al principio me asusté, soy una persona activa y no sabía cómo me las iba a
arreglar, además tendría mucho tiempo para pensar y eso me preocupaba, no
era mi mejor momento para darle muchas vueltas a la cabeza.
Ha habido
demasiados minutos, horas y madrugadas de sentir la soledad a mi lado, demasiados espacios mentales para rebelarme ante acontecimientos pasados que no entendía desde mi verdad. Probablemente es necesario escuchar a nuestro silencio más profundo, quizás ahí esté la evidencia de lo que realmente somos.
El pensamiento que me hablaba desde
la culpa y la tristeza, acampó sin remedio en mi corazón. No hay nada más
estresante que buscar respuestas donde no las hay, resistirse a aceptar que
somos un pack completo con aciertos y errores incluidos.
Hasta que un día dejas emanar el dolor que sientes entendiendo que éste solo te está curando y que las heridas escuecen hasta
que cierran por completo. Descubres que nadie, absolutamente
nadie, puede venir a darte el amor que anhelas porque éste ya habita en ti, que es tu propia luz la que permanece apagada y solo tú puedes volver a encenderla.
Y el otro, el que se marchó o el que haya de venir, siempre
será un espejo donde poder reflejarnos para crecer. Y vuelves a empezar otra vez desde la casilla de partida, una vez más, pero sin temor, la vida es tan sabia que
basta con confiarnos a ella y dejarla hacer.
Ser conscientes del momento
presente, del aquí y el ahora. De que todo tiene un motivo y un porqué, de que nada se nos arrebata porque nada nos pertenece, nuestro único cometido es aprender a disfrutar aquello que se nos da.
Entonces, es cuando te das cuenta
de que la soledad no es un castigo, sino un valioso regalo que se te ha
concedido para experimentar la verdadera esencia de tu yo y desde ahí volver a
creer en ti y en los demás.
Y sientes que deseas volver a iluminar tu vida
con la luz de la sonrisa y el amor. Que poco a poco lo volverás a conseguir y que todo proceso de transformación y cambio, al final te hace más fuerte, que las orugas siempre terminan siendo mariposas.
Hoy, catorce de febrero, es día de San Valentin, fiesta por antonomasia del amor aunque muchos de nosotros opinemos que, ante todo, es una fecha comercial.
Eso no obvia para que, siendo
como soy, una romántica de libro, hoy no haya echado de
menos una canción, una carta o algunas flores dedicadas a mi nombre.
Sucede que creí estar enamorada y
esto del enamoramiento es un desastre, porque cuando llega nos obnubila y no podemos ver más allá de la
felicidad completa que nos llena en ese momento.
El problema viene cuando
idealizamos o nos idealizan y de pronto descubren que no somos tan especiales
como creyeron, entonces, se les olvidan
los discursos sempiternos de amor, las llamadas a todas horas para saber cómo
nos encontramos o que estamos haciendo en ese momento.
Creo que hay personas que intentan huir de su melancolía buscando en otras la sonrisa de la que carecen muchas veces sus labios hasta el día en que se dan cuenta de que tú también lloras...
No quieren de ti más que
alegrías, navegar contigo mientras el viento esté a su favor, pero no aguantan
más de un par de tormentas…
Para marcharse, las excusas de
siempre, sus múltiples: “lo siento, de veras que lo siento” “eres tan buena, tan especial, te deseo lo mejor” .
A
la mierda las disculpas!! Cuando
se deja de amar a alguien solo queda la pena, pero no hay nada más cruel que hacerle
creer al otr@ que aún seguimos sintiendo
amor.
Perdonadme, pero no acepto a los
cobardes, la vida es dura y sé lo que es hacer daño a quién alguna vez te amó. Pero cuando el desamor se instala en tu corazón no queda otra que afrontarlo.
Lo mínimo que se merecen aquellos
que no son correspondidos, lo mínimo, es decirles la verdad aunque en ese momento se les haga daño. Pero no, resulta que el ego es
tan inmenso, que a pesar de tener claro que llegó el final, se empeñan en quedar en tus recuerdos como la persona más honesta de tu vida.
Y de pronto, cuando nos abandonan, nos encontramos con la impotencia de no saber qué hicimos realmente tan grave para que de pronto no nos quieran, nos sentimos desnudos e indefensos,e incluso pensamos si
estaremos algo desequilibrados porque no entendemos como alguien pudo dejar de
amarnos en solo unos días.
Y en cuestión de segundos, descubres que su amor, solo fueron unas cuantas partículas flotando en el aire, que habitaron mil dudas
donde en su convicción.
Si me hubieras amado,
no me habrías dejado marchar.
Cada vez transcurre más tiempo cuando se trata de escribir y publicar en el blog, aunque en determinados momentos, aún sigo sintiendo la tentación a pesar del muro de escepticismo y desilusión con el que me encuentro en esta etapa de mi vida.
Creía que escribir era el mejor ejercicio de introspección que podía hacer conmigo misma, que enfrentar una hoja en blanco y contarme en ella, era una reflexión útil cuando creía haber tocado fondo, que esta opción, me facilitaba coger impulso una vez más, pero últimamente he dejado de tener esa convicción.
He perdido confianza en las metas a alcanzar de mi propia existencia y no sé si aprendo alguna lección cuando utilizo la palabra para expresar mis sentimientos. Comienzo a acostumbrarme al silencio de las emociones que me pertenecen. Ahí, en ese autocontrol, solo yo puedo manejarme.
Creemos ver el amor en sonrisas luminosas, declaraciones sublimes, abrazos, canciones dedicadas, golpes de ilusión acariciando el alma e incluso lágrimas que dicen apostar por nosotros.
Creemos ver…
De pronto, sin saber por qué, la decepción llega y sacude la magia de una bonita historia. La convierte tan solo en un espejismo de lo que fue y quizás podría haber llegado a ser, la enfrenta a la realidad. Ahora, donde hubo ímpetu de cariño y ganas de luchar , solo asoman el desánimo y la lejanía.
No debemos aspirar a lo perfecto en nuestras relaciones con los demás ni en ningún otro ámbito de la vida, debería ser suficiente con dar lo mejor de nosotros mismos. Tampoco creo que la perfección exista más allá de nuestra imaginación, sobre todo cuando hablamos de sentimientos. Nada mejor que la indulgencia en nuestros propios errores si los aceptamos desde la humildad y como parte del aprendizaje en nuestra vida.