Lo mejor, todo lo mejor de ti lo tuve en la niñez. De hecho, cuando necesito sentir la ternura necesaria para implicarme contigo ahora que estás enfermo, debo retrotraerme a cuando eras joven.
Todos mis buenos recuerdos contigo son de niña, subida sobre tus hombros de vuelta a casa, echando carreras calle adelante, el beso de buenas noches, los cuentos al anochecer al lado de la lumbre en el campo, tu mano firme sujetando siempre la mía, no fuera a perderme.
Hasta que me hice mujer… ese día mamá te contó creyendo que yo no escuchaba. Te lo dijo con una especie de orgullo disimulado que no entendí, sin embargo, tu semblante no reflejó ningún tipo de emoción y todo cambió para ambos a partir de entonces.
Hasta que me hice mujer… ese día mamá te contó creyendo que yo no escuchaba. Te lo dijo con una especie de orgullo disimulado que no entendí, sin embargo, tu semblante no reflejó ningún tipo de emoción y todo cambió para ambos a partir de entonces.
Nosotros, padre e hija, los que compartíamos el sofá, yo en tu regazo y tu pasando tus largos brazos alrededor de mi cuello, dejamos de ser uno para el otro, y desde entonces la distancia fue nuestra señal de identidad.
Nunca más volvimos a tener una relación tan estrecha, y cuando digo nunca, digo jamás.
Y te he echado tanto de menos…
Yo también me hice dura, y me limité a ser correcta como tú, a no expresar más de lo necesario contigo en nuestros tremendos desencuentros.
Nunca más volvimos a tener una relación tan estrecha, y cuando digo nunca, digo jamás.
Y te he echado tanto de menos…
Yo también me hice dura, y me limité a ser correcta como tú, a no expresar más de lo necesario contigo en nuestros tremendos desencuentros.
Ahora que estás muy vencido me observas y sé que te gustaría decirme tantas cosas. Creo que es tarde, porque el corazón de no usarlo encallece, no salen las emociones, aunque intuyo que te gustaría decirme todo aquello que te dejaste en el camino de la vida conmigo.

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