El mundo gira sin cesar con sufrimientos humanos y me agota, me duele todo hasta el extremo. No quiero tanta tristeza, soy una cobarde. ¿No lo entiendes? ¿Quién me hizo así? Nostálgica y sensible, a la vez que dura y cruel conmigo misma.
¿Podrás venir tú a mí?- me pregunto- intuyendo la respuesta. No escuchas mis lamentos porque son inaudibles para tu alma. Y aquí estoy, perdida en lo intrínseco de mi interior.
Necesito ser alguien en mí para poder existir en ti. Mas no encuentro el camino, no lo hallo, y tú que no comprendes…
Y así me siento, sola entre la multitud con risas y abrazos, despoblada y tremendamente vacía en el silencio.
Esas ganas incontenibles de contar tu verdad (solo tu verdad) y aún así, decides callarte por temor a lastimar o porque tu opinión pueda no gustar a aquellos que siempre has respetado a pesar de sus suspicacias o falta de confianza en ti.
Se habla mucho de la autenticidad, aunque veces tengo la sensación de que esto solo está reservado a unos pocos. Solo ellos tienen el poder para legitimar lo que está bien o mal. Estos, nunca yerran y por lo tanto no suelen dar explicaciones incluso a sabiendas de que quizás alguna vez hubieran sido necesarias.
Dicen que nunca traicionan, pero te convierten en su enemigo cuando discrepas de “su verdad”
Actúan con el poder que su excelsa palabra les otorga y lanzan al aire sentencias y frases recriminatorias incluso con las personas que les quieren, eso si, cuando se equivocan, nunca lo reconocen. En su profuso vocabulario no se encuentra la acepción de la palabra disculpa.
Me cuesta entender a las personas que siempre creen que si alguien es amable con ellas es solo por un interés particular. Me cuesta querer a aquellos que en la creencia de que solo unos pocos son de los suyos, te utilizan como herramienta de usar y tirar cuando siempre fuiste con el corazón y la verdad por delante.
Admirar no significa dejarse engañar y todos tenemos un rinconcito con muchos desperfectos al que deberíamos entrar de vez en cuando para hacernos un chequeo.
Una se queda nueva y con unas ganas tremendas de seguir confiando en el ser humano las veces que hagan falta.
Eso si, a pesar de mi verdad -y solo mi verdad- encajo de la mejor manera posible mis errores y en la menudencia de mi léxico, la palabra “perdón” siempre me acompaña a todas partes.
Finalmente llegó la certidumbre, se hace fuerte en mí la convicción de que nunca tendré el suficiente talento para escribir bien.
Sé, que pocas veces conseguiré emocionar. Sé, que las metáforas de mis versos nunca serán una señal de identidad para quién las lea ni estos anhelarán conocer a la autora en su intimidad. Nunca seré una artista virtuosa porque simplemente, yo, no soy poeta.
Sin embargo, me exonera de esta certeza el saber que amo y que por amor, puedo llegar incluso a escribir poemas, me tranquiliza saber que mi corazón es grande y que en él caben todos aquellos que se acercan.
No sé decir que no a una mano extendida y mi cariño no se mide ni se suma en altura o cantidades, solo sé que siento de verdad, a veces, demasiado, porque no sé ser de otra manera.
Y no me juzgo, ya no me juzgo, porque amar y abrir mis puertas exponiéndome a las corrientes de aire que puedan golpear mi fragilidad no es delito.
El que quiera censurarme que lo haga, yo comenzaré a quererme tal y como soy, con mis luces y mis sombras.
Gasté el desamor estéril de mi boca confiando se cumpliera la justicia imparcial de mi razón. Desde mi atril de víctima, comencé a observarme en tus daños y pude sentir la soledad, sentir, una herida profunda carcomiendo mis principios.
Busqué tu rostro en los océanos y lo encontré allí, prendido de sortilegios entre mis incógnitas. Volví a intuirte una vez más parte indivisible de mi trozo de tierra, mis amapolas y mis cactus.
Silencié, lunática, que sigo en stand- bye por ti mientras una sola gota de amor suicida descanse al borde de mis ojos.
Todos estos años he silenciado a la voz que me habita. Solo pudo crecer durante la infancia y parte de la adolescencia. Ella siempre quiso hacerse escuchar, pero no se lo permití, cuando insistió, mi otro yo, el de la conformidad, gritó más fuerte para hacerse valer.
Mi voz, la que de verdad me pertenece, consigue hacerse oír cuando el cuerpo o el alma enferman pues no hay nada que perder.
Entonces y solo entonces, se vuelve irreductible y clama la independencia de tanto disfraz que la oculta. Escucharla es atrevido porque habla con el corazón y desoye a la mente dictando sus normas.
Ésta voz me reclama finales y comienzos que siempre quedan postergados para un mañana que debo confesar me produce vértigos de soledad. Tengo miedo a tormentas repentinas que puedan dejarme en harapos y muestren una vez más tanta piel gastada.
Déjame decirlo en voz alta ahora que no me escuchas, déjame que grite en un golpe de aire éste desamor del que ya nada puede brotar sino la certidumbre de días grises que han de venir a lastimarme con el silencio cruel de la desidia.
A veces, observar la lluvia al otro lado de la ventana relaja el alma e invita a la tranquilidad, pero ahora, en estos instantes en que el agua golpea con furia sobre el asfalto, me pregunto por qué llueve tanto en esta calle gris mientras yo me siento tan deshidratada e incapaz de germinar en mí el aliento de la vida.
Y no quiero explicarme porque estoy así, no quiero porque lo intuyo y silencio mi voz a propósito, no vaya a rebelarse desde el rincón donde la encierro para sobrevivirme.
Si dejara a mis palabras en libertad, estas te buscarían para susurrarte lo mucho que te anhelo sin huellas ni aroma en mi piel que te ameriten. Quizás yo también estoy en medio de la tormenta, como esta calle gris que no conduce a ninguna parte. Quizás mañana salga el sol y mde alumbre una vez más.
Desde que escribo, observo la vida y lo que en ella se integra con un prisma de aumento donde todo es digno de ser relatado llegando a sentir fascinación por el sujeto que la inspira.
Cuando se produce esa pequeña chispa, intuyo que desearé escribir de forma impulsiva. Un compromiso secreto y reprobable a cambio de unas líneas que solo dejarán un gozo efímero.
Creo que mis emociones han descubierto a través de la escritura una libertad genuina, sin ambages. No tengo otra alternativa que escucharlas.
Confieso que vivo el acto de escribir de forma similar a un amor no correspondido, al que, cuando le place, me incita a seguirlo sin que pueda pensar en otra cosa, sin embargo, una vez conseguido su propósito, las musas vuelven a ignorarme con la más fría indiferencia.
martes, 5 de enero de 2016
Hace poco comencé a escribir, pero nada fluye, creo que la ansiedad de no hacerlo bien me está superando. No creía que esta nueva afición afectaría a mi vida de una manera importante, pero sin que nadie de mí alrededor lo perciba, me observo y padezco este cambio, porque escribir es detenerse en uno, es escarbar en nuestra propia tierra para ver qué es lo que hemos sembrado en nuestra vida hasta ahora. Es hablarse de tú a tú.
A veces, justo en el momento de contar frente al teclado, me encuentro repentinamente con que no quiero seguir haciéndolo, todo lo contrario, sólo deseo echar el cerrojo a estos sentimientos que se generan en mí, y que se agitan de forma turbulenta. Creo que cada uno almacena su propio álbum de recuerdos quedándonos con lo mejor y desechando lo que nos hizo infelices, instinto de supervivencia nada más que eso.
miércoles, 2 de diciembre de 2015
Quisiera ser un desierto de lágrimas pero no me lo permito.
En estos momentos no puedo dejarme vencer por la autocompasión. No hay ni culpables ni víctimas a quienes nombrar. Sólo yo soy el enigma.
Nadie lo advierte, pero en silencio, desciendo a los infiernos que me habitan como una autómata en busca de castigo. No quiero ser flor ni esencia y me dejo arrastrar por este tornado que me envuelve sin calcular efectos secundarios.
La adrenalina de la ilusión y los recuerdos me persiguen. Adicta al amor, anhelo miradas cómplices que me hagan creer en utopías, y es que, sigo siendo la niña que fui a pesar de la armadura que me protege.
domingo, 22 de noviembre de 2015
Miedos
¿Qué hacer cuando a una le cae el día así? Apenas puedo dar un paso sobre otro. Me encuentro cansada, sin energía, sintiendo que lo que me sucede ya estaba escrito, como también pasó otras veces, porque desgraciadamente los humanos, no mutamos en mariposas.
A veces siento la vida como un enorme precipicio que intuyendo mi vértigo, desequilibra a propósito el mundo de mis rutinas sin concesión o tregua alguna.
No sé, quizás no merezca el amor, o en otra vida fui una malvada que cortaba cabezas. Y así respiro,medio neurótica, medio lúcida, dándome de bruces contra muros invisibles que yo misma construyo. Incrédula y hastiada de un presente universal cubierto de soledad me refugio en la melancolía de la niña que fui.
Hay días en que sólo nos resta seguir y caminar por esta vida como autómatas, sin ningún tipo de ilusión que nos haga sentir que estamos vivos, sin ese pálpito que nos agite y nos haga creer que aún es posible conseguir nuestros sueños, aquellos que un día tuvimos y que fuimos dejando atrás por imposibles.
Y me pregunto en qué momento dejé de ser yo para ser la que ven los demás, la que esperan que sea, la que siempre ven. Cuando pienso de esta forma me gustaría mandarlo todo al carajo y lo hago:
Al carajo el trabajo que esclaviza y obliga a actuar según corresponde a cada momento, obedeciendo a superiores que nada tienen de superior y tratan a sus subordinados como moneda de cambio cuando les interesa.
Al carajo aquel que te quiere, te lo dice y demuestra continuamente -cuando hubo actos pasados donde no lo demostró- obligándote a devolver ese amor en un acto de fe.
Al carajo aquel que dejó de querernos, o que realmente nunca nos quiso, pero por el que habríamos apostado nuestras cartas, incluso sabiendo que perderíamos la partida.
Y así, nos plantamos esa sonrisa fingida, la que la huella de la vida ha ido dejando en nosotros para evitar preguntas y ser dignos de ningún tipo de piedad, tan sencillo como eso.
Lo mejor, todo lo mejor de ti lo tuve en la niñez. De hecho, cuando necesito sentir la ternura necesaria para implicarme contigo ahora que estás enfermo, debo retrotraerme a cuando eras joven.
Todos mis buenos recuerdos contigo son de niña, subida sobre tus hombros de vuelta a casa, echando carreras calle adelante, el beso de buenas noches, los cuentos al anochecer al lado de la lumbre en el campo, tu mano firme sujetando siempre la mía, no fuera a perderme.
Hasta que me hice mujer… ese día mamá te contó creyendo que yo no escuchaba. Te lo dijo con una especie de orgullo disimulado que no entendí, sin embargo, tu semblante no reflejó ningún tipo de emoción y todo cambió para ambos a partir de entonces.
Nosotros, padre e hija, los que compartíamos el sofá, yo en tu regazo y tu pasando tus largos brazos alrededor de mi cuello, dejamos de ser uno para el otro, y desde entonces la distancia fue nuestra señal de identidad.
Nunca más volvimos a tener una relación tan estrecha, y cuando digo nunca, digo jamás.
Y te he echado tanto de menos…
Yo también me hice dura, y me limité a ser correcta como tú, a no expresar más de lo necesario contigo en nuestros tremendos desencuentros.
Ahora que estás muy vencido me observas y sé que te gustaría decirme tantas cosas. Creo que es tarde, porque el corazón de no usarlo encallece, no salen las emociones, aunque intuyo que te gustaría decirme todo aquello que te dejaste en el camino de la vida conmigo.