domingo, 15 de mayo de 2016

Retazos.



Y el pasado vuelve en forma de boomerang una vez más, me habla al oído y me recuerda -como testigo presencial que fue- fragmentos de una historia que me pertenece.

Sentada en sus piernas, lloro desválida de caricias mientras ella anuda los cordones de mis zapatos. Su rostro exhibe un rictus amargo, está cansada y se siente mayor, no le gusta el encargo que le han dejado, “los niños son para criarlos las madres” escucho reprochar a mi abuela en susurros que alimentan mi llanto.

No fui niña de halagos ni besos por parte de aquellos que me quisieron, por lo que no fui ni la más guapa ni la más lista o la más valiente. Quizás llegué demasiado tarde a una familia repleta de primos.

En verano las horas de siesta se alargaban. Mientras los demás dormían yo subía a jugar a una cámara situada en la parte alta de la casa. Allí, mi madre guardaba todo aquello que ya no nos era necesario pero que nunca se tiraba por si alguna vez llegaba a hacernos falta.

Había un par de baúles llenos de ropa, muebles de mudanzas anteriores y objetos propicios para inventar mis propias historias. Libros había pocos, pues en casa nunca se les dio importancia. Un vecino mayor -al que había que devolvérselos una vez terminado el año escolar- me prestaba los del colegio y todos los tebeos que se compraba. El único ejemplar que recuerdo encontrarme allí, fue la Enciclopedia “Álvarez” que releí cientos de veces mientras la música de un antiguo transistor amenizaba las tardes de mis juegos.

La educación, como en muchas de las familias de esa época, pasaba por el respeto y la obediencia hacia nuestros mayores; no había una regla que prohibiera hablar entre nosotros sobre sentimientos, pero todos la cumplíamos. La excepción a esta rigidez fue la figura de mi padre, él fue mi guardián, mi compañero de historias y mi héroe, hasta que me hice mujer y decidió cerrar esa etapa sin aviso. No lo culpo, no supo darme más, ni mejor.

Para quitarme el “antojo” de estudiar, mi madre me empleó en una fábrica textil y los fines de semana, mi padre me despertaba al amanecer para llevarme al campo a trabajar con él. Me ponía de tan mal humor que dejaba de hablarle hasta bien entrado el día; lo aborrecía con toda mi alma porque pensaba que me explotaba por puro capricho; sin embargo, para él eso era una forma de hacerme fuerte, quería que yo amase la tierra y valorara el sacrificio de trabajar en ella.

El efecto de la naturaleza era mágico y conseguía liberar mis tensiones a cambio de un esfuerzo físico intenso, -el cuerpo dolía demasiado para pensar en otra cosa-.

Me pregunto, porqué evoco retazos de reminiscencias que solo me conducen a una especie de melancolía inacabada, e intuyo, que aún sigo buscando en mis recuerdos algún remanente de cariño que jamás podrá restituirse . .

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