
El Genio de la Lámpara.
Esa mañana supuso un gran esfuerzo levantarme de la cama para ir al trabajo y deseé ingenuamente, al igual que una niña pequeña, poder quedarme en casa varios días olvidada del mundo,y éste, a su vez de mí. A veces esos pensamientos me rondan, sobre todo cuando la vorágine de la vida, vestida de costumbre, consigue atraparme en su tela de araña.
Por lo visto, el Genio de la lámpara maravillosa andaba rondando por mi dormitorio, (me pregunto por qué no vino otras veces en que tantas cosas le pedí…) y pudo oírme con facilidad, porque a las pocas horas de salir de casa ya estaba de vuelta con el mandato de quedarme encerrada durante un tiempo considerable.
En ese momento me ilusioné, dentro de la lógica incertidumbre. Me dije a mí misma que estaría bien estar sola en casa unos días. Se supone que ya estoy acostumbrada después de algo más de tres años viviendo acompañada de mis animales, pero no es verdad...
La soledad elegida está bien, y es necesaria para reconstruir cada poco nuestros ruidos internos, y veces hasta para apagar fuegos complicados.
Pero la soledad impuesta es otra historia, ahí debo tener cuidado en no excederme a riesgo de sus efectos secundarios.
Los hijos, tan jóvenes, te dicen sabiamente y con el propósito de animarte, que en el fondo todos estamos solos, pero no saben aún que 25 años no son 50 y que a ellos, la juventud les aprieta el pecho con valentía y con ganas.
Me gustaría haber viajado y leído más, haber sido mejor persona con aquellos que se cruzaron en mi camino. Aún estoy a tiempo, lo sé, la bondad no caduca, si embargo, el vino se avinagra una vez abierta la botella.
Siento que estos tres años a resultas de todo lo vivido, he envejecido como unos diez más, compruebo en primera persona que las heridas del alma dejan profundas cicatrices y estas siguen escociendo cuando les viene en gana.
Reflexiono con la intuición de que cuando este aislamiento acabe, cuando el botón del play vuelva a activarse otra vez,muchas cosas no volverán a ser como antes, pero no pienso atraer a lo terrible o elucubrar absurdas premoniciones negativas.
Confío plenamente en la capacidad y resiliencia del ser humano para salir adelante.
El mundo lleva mucho tiempo enfermo de egoísmos y los sujetos de ese mundo que a veces no nos gusta, somos nosotros.
Este virus es la excusa perfecta para resetearnos una vez más y recordarnos desde la humildad que, a pesar de nuestras diferencias, somos sencillamente iguales en el dolor o la alegría.
Saldremos de esta con alguna cicatriz más a cuestas, sino varias, pero volveremos a levantarnos y seguiremos caminando como siempre lo hemos hecho desde el principio de los tiempos.
Yo, por si acaso, volveré a pedirle al Genio de la Lámpara Maravillosa por toda la humanidad, con un poco de suerte quizás siga en mi dormitorio...